MOVIMIENTO MACROREGIONAL DEL CUSCO
PROYECTO PUEBLO
Construyendo una alternativa desde el pueblo
Mostrando entradas con la etiqueta Escena Global. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Escena Global. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de marzo de 2009

ESTAMOS REALMENTE ANTE EL FIN DEL NEOLIBERALISMO? LA CRISIS Y LA CONSOLIDACIÓN DEL PODER DE LAS CLASES DOMINANTES/ DAVID HARVEY

¿Estamos realmente ante el fin del neoliberalismo? La crisis y la consolidación del poder de las clases dominantes.
David Harvey · · · · ·

22/03/09



Kate Ferguson y Mary Livingstone transcribieron y editaron esta conferencia del reconocido geógrafo, historiador y urbanista marxista anglo-norteamericano David Harvey. Mínima Estrella la tradujo al castellano para SINPERMISO.



¿Marca esta crisis el final del neoliberalismo? Yo creo que depende de lo que se entienda por neoliberalismo. En mi interpretación, el neoliberalismo ha sido un proyecto de clase camuflado bajo una proteica retórica sobre la libertad individual, el albedrío, la responsabilidad personal, la privatización y el libre mercado. Pero esa retórica no era sino un medio para la restauración y consolidación del poder de clase, y en este sentido, el proyecto neoliberal ha sido todo un éxito.



Uno de los principios básicos que quedaron sentados en los setenta fue que el poder del Estado tenía que proteger las instituciones financieras, costara lo que costara. Ese principio fue puesto por obra en la crisis de Nueva York de mediados de los setenta, y fue internacionalmente definido por vez primera cuando se cernía sobre México el espectro de la bancarrota, en 1982. Eso habría destruido los bancos de inversión neoyorquinos, de modo que el Tesoro estadounidense y el FMI actuaron de consuno en rescate de México. Mas, al hacerlo, impusieron un programa de austeridad a la población mexicana. En otras palabras, protegieron a los bancos y destruyeron al pueblo; no otra ha sido la práctica regular del FMI desde entonces. El presente rescate es el mismo viejo cuento, una vez más, sólo que a una escala ciclópea.



Lo que pasó en los EEUU fue que 8 hombres nos dieron un documento de 3 páginas a modo de pistola que nos apuntaba a todos: “dadnos 700 mil millones de dólares, y no se hable más”. Para mí eso fue una suerte de golpe financiero contra el Estado y contra la población norteamericanos. Lo que significa que no se saldrá de esta crisis con una crisis de la clase capitalista; se saldrá de ella con una consolidación todavía mayor de esa clase. Terminará habiendo 4 o 5 grandes entidades financieras en los EEUU, no más. Muchos en Wall Street están ya medrando ahora mismo. Lazard’s, a causa de su especialización en fusiones y adquisiciones, está ganando dinero a espuertas. Algunos no escaparán a la quema, pero habrá por doquiera una consolidación del poder financiero. Andrew Mellon –banquero norteamericano, Secretario del Tesoro en 1921-32— dejó estupendamente dicho que en una crisis los activos terminan siempre por regresar a sus legítimos propietarios. Una crisis financiera es un modo de racionalizar lo que es irracional: por ejemplo, el inmenso crac asiático de 1997-8 resultó en un nuevo modelo de desarrollo capitalista. Las grandes alteraciones llevan a una reconfiguración, a una nueva forma de poder de clase. Podría ir mal, políticamente hablando. El rescate bancario ha sido resistido en el Senado y en otras partes, de manera que es posible que la clase política no se alinee tan fácilmente: pueden poner estorbos en el camino, pero, hasta ahora, han tragado y no han nacionalizado los bancos.



Sin embargo, esto podría llevar a una lucha política de mayor calado: se percibe una vigorosa resistencia a dar más poder a quienes nos metieron en este lío. La elección de equipo económico de Obama está siendo cuestionada; por ejemplo, la de Larry Summers, que era Secretario del Tesoro en el momento clave en que muchas cosas empezaron a ir realmente mal, al final de la administración Clinton. ¿Por qué dar cargos a tantas gentes favorables a Wall Street, al capital financiero, que reintrodujeron el predominio del capital financiero? Eso no quiere decir que no vayan a rediseñar la arquitectura financiera, porque saben que su rediseño es ineludible, pero la cuestión es: ¿para quién la rediseñarán? La gente está verdaderamente descontenta con el equipo económico de Obama; también el grueso de la prensa.



Se precisa una nueva forma de arquitectura financiera. Yo no creo que deban abolirse todas las instituciones existentes; no, desde luego, el Banco Internacional de Pagos (BIS, por sus siglas en inglés), ni siquiera el FMI. Yo creo que necesitamos esas instituciones, pero que tienen que transformarse radicalmente. La gran cuestión es: quién las controlará y cuál será su arquitectura. Necesitaremos gente, expertos con alguna inteligencia del modo en que esas instituciones funcionan y pueden funcionar. Y eso es muy peligroso, porque, como podemos ver ya ahora mismo, cuando el Estado busca a alguien que entienda lo que está pasando, suele mirar a Wall Street.



Un movimiento obrero inerme: hasta aquí hemos llegado



Que podamos salir de esta crisis por alguna otra vía depende, y por mucho, de la relación de fuerzas entre las clases sociales. Depende de hasta qué punto el conjunto de la población diga: “¡hasta aquí hemos llegado; hay que cambiar el sistema!”. Ahora mismo, cuando se observa retrospectivamente lo que les ha pasado a los trabajadores en los últimos 50 años, se ve que no han conseguido prácticamente nada de este sistema. Pero no se han rebelado. En los EEUU, en los últimos 7 u 8 años, se ha deteriorado en general la condición de las clases trabajadoras, y no se ha dado un movimiento masivo de resistencia. El capitalismo financiero puede sobrevivir a la crisis, pero eso depende por completo de que se produzca una rebelión popular contra lo que está pasando, y de que haya una verdadera embestida tendente a reconfigurar el modo de funcionamiento de la economía.



Uno de los mayores obstáculos atravesados en el camino de la acumulación continuada de capital fue, en los 60 y comienzos de los 70, el factor trabajo. Había escasez de trabajo, tanto en Europa como en los EEUU, y el mundo del trabajo estaba bien organizado, con influencia política. De modo, pues, que una de las grandes cuestiones para la acumulación de capital en ese período era: ¿cómo puede lograr el capital tener acceso a suministros de trabajo más baratos y más dóciles? Había varias respuestas. Una pasaba por estimular la inmigración. En los EEUU se revisaron en serio las leyes migratorias en 1965, lo que les permitió el acceso a la población mundial excedente (antes de eso, sólo se favorecía migratoriamente a caucásicos y europeos). A fines de los 60, el gobierno francés subsidiaba la importación de mano de obra magrebí, los alemanes traían a turcos, los suecos importaban yugoslavos y los británicos tiraban de su imperio. Así que apareció una política proinmigración, que era una forma de lidiar con el problema.



Otra vía fue el cambio tecnológico rápido, que echa a la gente del trabajo, y si eso fallaba, ahí estaban gentes como Reagan, Thatcher y Pinochet para aplastar al movimiento obrero organizado. Finalmente, y por la vía de la deslocalización, el capital se desplaza hacia dónde hay mano de obra excedente. Eso fue facilitado por dos cosas. Primero, la reorganización técnica de los sistemas de transporte: una de las mayores revoluciones ocurridas durante ese período fue la de los containers, que permitieron fabricar partes de automóviles en Brasil y embarcarlas a bajo coste hacia Detroit, o hacia dónde fuera. En segundo lugar, los nuevos sistemas de comunicación permitieron una organización más ajustada en el tiempo de la producción en cadena de mercancías a través del espacio global.



Todas estas vías se encaminaban a resolver para el capital el problema de la escasez de trabajo, de modo que hacia 1985 el capital había dejado de tener problemas al respecto. Podía tener problemas específicos en zonas particulares, pero, globalmente, tenía a su disposición abundante trabajo; el subitáneo colapso de la Unión Soviética y la transformación de buena parte de China vinieron a añadir a cerca de 2 mil millones de personas al proletariado global en el pequeño espacio de 20 años. Así pues, la disponibilidad de trabajo no representa hoy problema ninguno, y el resultado de eso es que el mundo del trabajo ha ido quedando en situación de indefensión en los últimos 30 años. Pero cuando el trabajo está inerme, recibe salarios bajos, y si te empeñas en represar los salarios, eso limitará los mercados. De modo que el capital comenzó a tener problemas con sus mercados. Y ocurrieron dos cosas.



La primera: el creciente hiato entre los ingresos del trabajo y lo que los trabajadores gastaban comenzó a salvarse mediante el auge de la industria de las tarjetas de crédito y mediante el creciente endeudamiento de los hogares. Así, en los EEUU de 1980, nos encontramos con que la deuda media de los hogares rondaba los 40.000 dólares [copnstantes], mientras que ahora es de unos 130.000 dólares [constantes] por hogar, incluyendo las hipotecas. La deuda de los hogares se disparó, y eso nos lleva a la financiarización, que tiene que ver con unas instituciones financieras lanzadas a sostener las deudas de los hogares de gente trabajadora, cuyos ingresos han dejado de crecer. Y empiezas por la respetable clase trabajadora, pero más o menos hacia 2000 te empiezas a encontrar ya con hipotecas subprime en circulación. Buscas crear un mercado. De modo que las entidades financieras se lanzan a sostener el financiamiento por deuda de gente prácticamente sin ingresos. Mas, de no hacerlo, ¿qué ocurriría con los promotores inmobiliarios que construían vivienda? Así pues, se hizo, y se buscó estabilizar el mercado financiando el endeudamiento.



Las crisis de los valores de los activos



Lo segundo que ocurrió fue que, desde 1980, los ricos se fueron haciendo cada vez más ricos a causa de la represión salarial. La historia que se nos contó es que invertirían en nuevas actividades, pero no lo hicieron; el grueso de los ricos empezó a invertir en activos, es decir, pusieron su dinero en la bolsa. Así se generaron las burbujas en los mercados de valores. Es un sistema análogo al esquema de Ponzi, pero sin necesidad de que lo organice un Madoff. Los ricos pujan por valores de activos, incluyendo acciones, propiedades inmobiliarias y propiedades de ocio, así como en el mercado de arte. Esas inversiones traen consigo financiarización. Pero, a medida que pujas por valores de activos, eso repercute en el conjunto de la economía, de modo que vivir en Manhattan llegó a ser de todo punto imposible, a menos que te endeudaras increíblemente, y todo el mundo se ve envuelto en esta inflación de los valores de los activos, incluidas las clases trabajadoras, cuyos ingresos no crecen. Y lo que tenemos ahora es un colapso de los valores de los activos; el mercado inmobiliario se ha desplomado, el mercado de valores se ha desplomado.



Siempre ha habido el problema de la relación entre representación y realidad. La deuda tiene que ver con el valor futuro que se les supone a bienes y servicios, de modo que supone que la economía seguirá creciendo en los próximos 20 o 30 años. Entraña siempre un pálpito, una conjetura tácita, que luego se refleja en la tasa de interés, descontada a futuro. Este crecimiento del área financiera luego de los 70 tiene mucho que ver con lo que yo creo es el problema clave: lo que yo llamaría el problema de absorción del excedente capitalista. Como nos enseña la teoría del excedente, los capitalistas producen un excedente del que luego tienen que hacerse con una parte, recapitalizarla y reinvertirla en expansión. Lo que significa que siempre tienen que encontrar algo en lo que expandirse. En un artículo que escribía para la New Left Review, “El derecho a la ciudad”, señalaba yo que en los últimos 30 años un inmenso volumen de excedente de capital ha sido absorbido por la urbanización: por la reestructuración, la expansión y la especulación urbanas. Todas y cada una de las ciudades que he visitado constituyen enormes emplazamientos de construcción aptos para la absorción de excedente capitalista. Ahora, ni que decir tiene, muchos de esos proyectos han quedado a medio hacer.



Ese modo de absorber excedentes de capital se ha ido haciendo más y más problemático con el tiempo. En 1750, el valor del total de bienes y servicios producidos rondaba los 135 mil millones de dólares (constantes). Hacia 1950, era de 4 billones de dólares. En 2000, se acercaba a los 40 billones. Ahora ronda los 50 billones. Y si no yerra Gordon Brown, se doblará en los próximos 20 años, hasta alcanzar los 100 billones en 2030.



A lo largo de la historia del capitalismo, la tasa general media de crecimiento ha rondado el 2,5% anual, sobre base compuesta. Eso significaría que en 2030 habría que encontrar salidas rentables para 2,5 billones de dólares. Es un orden de magnitud muy elevado. Yo creo que ha habido un serio problema, particularmente desde 1970, con el modo de absorber volúmenes cada vez más grandes de excedente en la producción real. Sólo una parte cada vez más pequeña va a parar a la producción real, y una parte cada vez más grande se destina a la especulación con valores de activos, lo que explica la frecuencia y la profundidad crecientes de las crisis financieras que estamos viendo desde 1975, más o menos. Son todas crisis de valores de activos.



Yo diría que, si saliéramos de esta crisis ahora mismo, y si se diera una acumulación de capital con una tasa de un 3% de crecimiento anual, nos encontraríamos con un montón de problemas endemoniados. El capitalismo se enfrenta a serias limitaciones medioambientales, así como a limitaciones de mercado y de rentabilidad. El reciente giro hacia la financiarización es un giro forzado por la necesidad de lidiar con un problema de absorción de excedente; un problema, empero, que no se puede abordar sin exponerse a devaluaciones periódicas. Es lo que está ocurriendo ahora mismo, con pérdidas de varios billones de dólares de valores de activos.



El término “rescate nacional” es, por lo tanto, inapropiado, porque no están salvando al conjunto del sistema financiero existente; están salvando a los bancos, a la clase capitalista, perdonándoles deudas y transgresiones. Y sólo les están salvando a ellos. El dinero fluye a los bancos, pero no a las familias que están siendo hipotecariamente ejecutadas, lo que está comenzado a provocar cólera. Y los bancos están usando ese dinero, no para prestarlo, sino para comprar otros bancos. Están consolidando su poder de clase.



El colapso del crédito



El colapso del crédito para la clase trabajadora pone fin a la financiarización como solución de la crisis del mercado. Por consecuencia, veremos una importante crisis de desempleo, así como el colapso de muchas industrias, a menos que se emprenda una acción efectiva para cambiar el curso de las cosas. Y en este punto es donde se desarrolla ahora la discusión sobre el regreso a un modelo económico keynesiano. El programa económico de Obama consiste en invertir masivamente en grandes obras públicas y en tecnologías verdes, regresando en cierto sentido al tipo de solución del New Deal. Yo soy escéptico respecto de su capacidad para lograrlo.



Para entender la presente situación, necesitamos ir más allá de lo que ocurre en el proceso de trabajo y en la producción, necesitamos entrar en el complejo de relaciones en torno al Estado y las finanzas. Necesitamos comprender el modo en que la deuda nacional y el sistema de crédito han sido, desde el comienzo, vehículos fundamentales para la acumulación primitiva, o para lo que yo llamo acumulación por desposesión (según puede verse en el sector de la construcción). En “El derecho a la ciudad” observaba yo la manera en que había sido revitalizado el capitalismo en el París del Segundo Imperio: el Estado, de consuno con los banqueros, puso por obra un nuevo vínculo Estado-capital financiero, a fin de reconstruir París. Eso generó pleno empleo y los bulevares, los sistemas de suministro de agua corriente y los sistemas de canalización de residuos, así como nuevos sistemas de transporte; gracias a ese tipo de mecanismos se construyó también el Canal de Suez. Una buena parte de todo eso se financió con deuda. Ahora, ese vínculo Estado-finanzas viene experimentando una enorme transformación desde 1970: se ha hecho más internacional, se ha abierto a todo tipo de innovaciones financieras, incluidos los mercados de derivados y los mercados especulativos, etc. Se ha creado una nueva arquitectura financiera.



Lo que yo creo que está pasando ahora mismo es que ellos están buscando una nueva forma de esquema financiero que pueda resolver el problema, no para el pueblo trabajador, sino para la clase capitalista. En mi opinión, están en vías de hallar una solución para la clase capitalista, y si el resto de nosotros sufre las consecuencias, pues ¡qué se le va a hacer! La única cosa que les preocupa de nosotros es que nos alcemos en rebelión. Y mientras esperamos a rebelarnos, ellos tratan de diseñar un sistema acorde con sus propios intereses de clase. Desconozco cómo será esa nueva arquitectura financiera. Si se mira con atención lo que pasó durante la crisis fiscal en Nueva York, se verá que los banqueros y los financieros no tenían la menor idea de qué hacer; lo que terminaron haciendo fue una especie de bricolaje a tientas, pieza aquí, pieza allí; luego juntaron los fragmentos de un modo nuevo, y terminaron con una construcción de nueva planta. Mas, cualquiera sea la solución a la que lleguen, les vendrá a su medida, a menos que nosotros nos plantemos y comencemos a decir que queremos algo a nuestra medida. Las gentes como nosotros podemos desempeñar un papel crucial a la hora de plantear cuestiones y de desafiar la legitimidad de las decisiones que se están tomando ahora mismo. También, claro está, a la hora de realizar análisis muy claros de la verdadera naturaleza del problema y de las posibles salidas ofrecidas al mismo.



Alternativas



Necesitamos empezar a ejercer de hecho nuestro derecho a la ciudad. Tenemos que preguntar qué es más importante, el valor de los bancos o el valor de la humanidad. El sistema bancario debería servir a la gente, no vivir a costa de la gente. Y la única manera en que seremos capaces de ejercer el derecho a la ciudad es tomando las riendas del problema de la absorción del excedente capitalista. Tenemos que socializar el excedente de capital, y escapar para siempre al problema del 3% de acumulación. Nos hallamos ahora en un punto en el que seguir indefinidamente con una tasa de crecimiento del 3% llegará a generar unos costes ambientales tan tremendos, y una presión sobre las situaciones sociales tan tremenda, que estaremos abocados a una crisis financiera tras otra.



El problema central es cómo se pueden absorber los excedentes capitalistas de un modo productivo y rentable. En mi opinión, los movimientos sociales tienen que coaligarse en torno a la idea de lograr un mayor control sobre el producto excedente. Y aunque yo no apoyo una vuelta al modelo keynesiano del tipo que teníamos en los 60, me parece fuera de duda que entonces había un control social y político mucho mayor sobre la producción, la utilización y la distribución del excedente. El excedente circulante se derivaba hacia la construcción de escuelas, hospitales e infraestructura. Eso es lo que sacó de sus casillas a la clase dominante y causó un contramovimiento a fines de los 60: no tenían control bastante sobre el excedente. Sin embargo, si se atiende a los datos disponibles, se ve que la proporción de excedente absorbido por el Estado no ha variado mucho desde 1970; lo que hizo, así pues, la clase capitalista fue frenar una ulterior socialización del excedente. También lograron transformar la palabra “gobierno” en la palabra “gobernanza”, haciendo porosas las actividades gubernamentales y empresariales, lo que permite situaciones como la que tenemos en Irak, en donde contratistas privados muñeron implacablemente las ubres del beneficio fácil.



Creo que estamos aproados a una crisis de legitimación. En los pasados treinta años, se ha repetido una y otra vez la ocurrencia de Margaret Thatcher, según la cual “no hay alternativa” a un mercado libre neoliberal, a un mundo privatizado, y si no tenemos éxito en ese mundo, es por culpa nuestra. Yo creo que es muy difícil decir que, enfrentados a una crisis de ejecuciones hipotecarias y desahucios inmobiliarios, se ayuda a los bancos pero no a las personas que pierden su vivienda. Puedes acusar a los desahuciados de irresponsabilidad, y en los EEUU no deja de haber un componente fuertemente racista en esa acusación. Cuando la primera ola de ejecuciones hipotecarias golpeó zonas como Cleveland y Ohio, resultó devastadora para las comunidades negras, pero la reacción de algunos fue poco más o menos ésta: “¿pues qué esperabais? Los negros son gente irresponsable”. Las explicaciones de la crisis dilectas de la derecha son en términos de codicia personal, tanto en lo que hace a Wall Street, como en lo que hace a la gente que pidió prestado para comprarse una vivienda. Lo que tratan es de cargar la culpa de la crisis a sus víctimas. Una de nuestras tareas consiste en decir: “no, no se puede hacer eso en absoluto”, y tratar luego de ofrecer una explicación cogente de esta crisis como un fenómeno de clase: una determinada estructura de explotación se fue a pique y está en vías de ser desplazada por otra estructura aún más profunda de explotación. Es muy importante que esta explicación alternativa de la crisis sea presentada y discutida públicamente.



Una de las grandes configuraciones ideológicas que está en vías de formarse tiene que ver con el papel que habrá de desempeñar en el futuro la propiedad de la vivienda, una vez comencemos a decir cosas como que hay que socializar buena parte del parque de viviendas, puesto que desde los años 30 hemos tenido enormes presiones a favor de la vivienda individualizada como forma de asegurar los derechos y la posición de la gente. Tenemos que socializar y recapitalizar la educación y la asistencia sanitaria públicas, a demás de la provisión de vivienda. Esos sectores de la economía tienen que ser socializados, de consuno con la banca.



Una política radical, más allá de las divisiones de clase



Hay otro punto que debemos reconsiderar: el trabajo y, particularmente, el trabajo organizado es sólo una pequeña pieza de este conjunto de problemas, y sólo juega un papel parcial en lo que está ocurriendo. Y eso por una razón muy sencilla, que se remonta a las limitaciones de Marx a la hora de plantear la cosa. Si decimos que la formación del complejo Estado-finanzas es absolutamente crucial para la dinámica del capitalismo (y, obviamente, lo es), y si nos preguntamos qué fuerzas sociales actúan en punto a contrarrestar o promover esas formaciones institucionales, hay que reconocer que el trabajo nunca ha estado en primera línea de esta lucha. El trabajo ha estado en primera línea en el mercado de trabajo y en el proceso de trabajo, y ambos son momentos vitales del proceso de circulación, pero el grueso de las luchas que se han desarrollado en torno al vínculo Estado-finanzas han sido luchas populistas, en las que le trabajo sólo parcialmente ha estado presente.



Por ejemplo, en los EEUU de los años 30 hubo un montón de populistas que apoyaban a los atracadores de bancos Bonnie y Clyde. Y actualmente, muchas de las luchas en curso en América Latina tienen una dirección más populista que obrera. El trabajo siempre ha tenido un papel muy importante a jugar, pero no creo yo que ahora mismo estemos en una situación en la que la visión convencional de proletariado como vanguardia de la lucha sea de mucha ayuda, cuando la arquitectura del vínculo Estado-finanzas (el sistema nervioso central de la acumulación de capital) es el asunto fundamental. Puede haber épocas y lugares en los que los movimientos proletarios resulten de gran importancia, por ejemplo, en China, en donde yo les auguro un papel críticamente decisivo que, en cambio, no veo en nuestro país. Lo interesante es que los trabajadores del automóvil y las compañías automovilísticas son ahora mismo aliados frente al nexo Estado-finanzas, de modo que la gran división de clase que siempre hubo en Detroit no se da ya, o no del mismo modo. Lo que ahora está en curso es un nuevo tipo, completamente distinto, de política de clase, y algunas de las formas marxistas convencionales de ver estas cosas se atraviesan en el camino de una política verdaderamente radical.



También es un gran problema para la izquierda el que muchos piensen que la conquista del poder del Estado no debe jugar ningún papel en las transformaciones políticas. Yo creo que están locos. En el Estado radica un poder increíble, y no se puede prescindir de él como si careciera de importancia. Soy profundamente escéptico respecto de la creencia, según la cual las ONG y las organizaciones de la sociedad civil están en vías de transformar el mundo; no porque las ONG no puedan hacer nada, sino porque se requiere otro tipo de concepción y de movimiento políticos, si queremos hacer algo ante la crisis principal que está en curso. En los EEUU, el instinto político es muy anarquista, y aunque yo simpatizo mucho con bastantes puntos de vista anarquistas, sus inveteradas protestas contra el Estado y su negativa a hacerse con el control del mismo constituyen otro obstáculo atravesado en el camino.



No creo que estemos en una posición que nos permita determinar quiénes serán los agentes del cambio en la presente coyuntura, y es palmario que serán distintos en las distintas partes del mundo. Ahora mismo, en los EEUU, hay signos de que la clase de los ejecutivos y gestores empresariales, que han vivido de los ingresos procedentes del capital financiero todos estos años, están enojados y pueden radicalizarse un poco. Mucha gente ha sido despedida de los servicios financieros, y en algunos casos, han llegado a ver ejecutadas sus hipotecas. Los productores culturales están tomando consciencia de la naturaleza de los problemas que enfrentamos, y de la misma manera que en los años 60 las escuelas de arte se convirtieron en centros de radicalismo político, no hay que descartar la reaparición de algo análogo. Podríamos ver el auge de organizaciones transfronterizas, a medida que las reducciones en las remesas de dinero enviadas extiendan la crisis a lugares como el México rural o Kerala.



Los movimientos sociales tienen que definir qué estrategias y políticas quieren desarrollar. Nosotros, los académicos, no deberíamos vernos jamás en el papel de misioneros en los movimientos sociales; lo que deberíamos hacer es entrar en conversación y charlar sobre cómo vemos la naturaleza del problema.



Dicho esto, me gustaría proponeros algunas ideas. Una idea interesante en los EEUU ahora mismo es que los gobiernos municipales aprueben ordenanzas anti-desahucio. Creo que hay muchos sitios en Francia donde han hecho eso. Entonces podríamos montar una empresa municipal de vivienda que asumiera las hipotecas y devolviera al banco el principal de la deuda, renegociando los intereses, porque los bancos han recibido un montón de dinero, supuestamente, para lidiar con eso, aunque no lo hacen.



Otra cuestión clave es la de la ciudadanía y los derechos. Yo creo que los derechos a la ciudad deberían garantizarse por residencia, independientemente de qué ciudadanía o nacionalidad tengáis. Actualmente, se está negando a la gente todo derecho político a la ciudad, a menos que tengan la ciudadanía. Si eres inmigrante, careces de derechos. Creo que hay que lanzar luchas en torno a los derechos a la ciudad. En la Constitución brasileña tienen una cláusula de “derechos a la ciudad” que versa sobre los derechos de consulta, participación y procedimientos presupuestarios. Creo que de todo eso podría resultar una política.



Reconfiguración de la urbanización



Hay en los EEUU posibilidades de actuación a escala local, con una larga tradición en cuestiones medioambientales, y en los últimos quince o veinte años los gobiernos municipales han sido a menudo más progresistas que el gobierno federal. Hay ahora mismo una crisis en las finanzas municipales, y verosímilmente habrá protestas y presiones sobre Obama para que ayude a recapitalizar a los gobiernos municipales (lo que figura ya en el paquete de estímulos). Obama ha dejado dicho que ésta es una de las cosas que más le preocupan, especialmente porque mucho de lo que está pasando se desarrolla a nivel local; por ejemplo, la crisis hipotecaria subprime. Como vengo sosteniendo, las ejecuciones hipotecarias y los desahucios han de entenderse como crisis urbana, no como crisis financiera: es una crisis financiera de la urbanización.



Otra cuestión importante es pensar políticamente sobre la forma de convertir en un componente estratégico algún tipo de alianza entre la economía social y el mundo del trabajo y los movimientos municipales como el del derecho a la ciudad. Eso tiene que ver con la cuestión del desarrollo tecnológico. Por ejemplo: yo no veo razón para no tener un sistema municipal de apoyo al desarrollo de sistemas productivos como la energía solar, a fin de crear aparatos y posibilidades más descentralizados de empleo.



Si yo tuviera que desarrollar ahora mismo un sistema ideal, diría que en los EEUU deberíamos crear un banco nacional de re-desarrollo y, de los 700 mil millones que aprobaron, destinar 500 mil para que ese banco trabajara con los municipios para ayudar a los vecinos golpeados por la ola de desahucios. Porque los desahucios han sido una especie de Katrina financiero en muchos aspectos: han arrasado comunidades enteras, normalmente comunidades pobres negras o hispánicas. Pues bien; entras en esos vecindarios y les devuelves a la gente que vivía allí y les reubicas sobre otro tipo de base, con derechos de residencia, y con un tipo distinto de financiación. Y hay que hacer verdes esos barrios, creando allí oportunidades de empleo local.



Puedo, pues, imaginar una reconfiguración de la urbanización. Para hacer algo en materia de calentamiento global, necesitamos reconfigurar totalmente el funcionamiento de las ciudades norteamericanas; pensar en pautas completamente nuevas de urbanización, en nuevas formas de vivir y de trabajar. Hay un montón de posibilidades a las que la izquierda debería prestar atención; tenemos oportunidades reales. Y aquí es donde tengo un verdadero problema con algunos marxistas que parecen pensar: “¡Sí, señor! Es una crisis, ¡y las contradicciones del capitalismo terminarán por resolverse ahora, de uno u otro modo!”. No es éste momento de triunfalismos, es momento de hacerse preguntas y plantearse problemas. Por lo pronto, yo creo que el modo en que Marx planteó las cosas no está exento de dificultades. Los marxistas no comprenden muy bien el complejo Estado-finanzas de la urbanización, son terriblemente torpes a la hora de entender eso. Pero ahora tenemos que repensar nuestra posición teórica y nuestras posibilidades políticas.



Así que, tanto como la acción práctica, se precisa volver a pensar teóricamente muchas cosas.



David Harvey es un geógrafo, sociólogo urbano e historiador social marxista de reputación académica internacional. Entre sus libros traducidos al castellano: Espacios de esperanza (Akal, Madrid, 2000) y El nuevo imperialismo (Akal, Madrid, 2004). Actualmente, es Distinguished Professor en el CUNY Graduate Center de Nueva York. Su último libro es A Brief History of Neoliberalism [traducción castellana: Breve historia del neoliberalismo , Madrid, Akal, 2007]. Mantiene un más que recomendable blog: Reading Marx's Capital blog.




Traducción para www.sinpermiso.info: Minima Estrella

¿GUERRA CIVIL EN ESTADOS UNIDOS?/ INMANUEL WALLERSTEIN

Posibilidad de un conflicto de clase como secuela del colapso económico

¿Guerra civil en Estados Unidos?

Por Immanuel Wallerstein (*)
Agence Global, 15/03/09
La Jornada, 21/03/09
Traducción de Ramón Vera Herrera

Nos estamos acostumbrando a toda suerte de rompimientos de tabúes. La prensa mundial se llena de discusiones acerca de si sería buena la idea de nacionalizar los bancos. Ni más ni menos que Alan Greenspan, discípulo de la profetiza superlibertaria del capitalismo del mercado puro, Ayn Rand, dijo recientemente que deberíamos nacionalizar los bancos cada cien años, y que éste podría ser el momento. El senador republicano y conservador Lindsay Graham estuvo de acuerdo con él. El keynesiano de izquierda Alan Blinder discutió los pros y los contras de esta idea. Y aunque piensa que los contras son un poco mayores que los pros, fue propenso a gastar energía intelectual pública en escribir acerca de ello en el New York Times.

Bueno, tras escuchar las propuestas de nacionalización por parte de archiconservadores notables, ahora oímos discusiones serias acerca de las posibilidades de una guerra civil en Estados Unidos.

Zbigniew Brzezinski, apóstol de la ideología anticomunista y asesor en Seguridad Nacional del presidente Carter, apareció en un programa de televisión matutino de entrevistas, el 17 de febrero, donde le pidieron que discutiera algo que había mencionado previamente: la posibilidad de un conflicto de clase en Estados Unidos como secuela del colapso económico mundial.

Brzezinski dijo que el asunto le preocupaba por la perspectiva de que millones y millones de desempleados enfrentaran serias dificultades, gente que se ha vuelto consciente de que la extraordinaria riqueza transferida a unos cuantos individuos no tiene precedente en Estados Unidos.

Le recordó al público que, cuando ocurrió la crisis bancaria masiva en 1907, el gran financiero J. P. Morgan invitó a un grupo de acaudalados financieros a su casa, los encerró en su biblioteca y no los dejó salir hasta que pusieran dinero para un fondo que estabilizara los bancos. Brzezinski dijo: “¿Dónde está la clase adinerada de hoy? ¿Por qué no están haciendo algo si son la gente que ganó miles de millones?

Si no hacen algo sobre una base voluntaria, dijo Brzezinski, va a ocurrir un conflicto creciente entre las clases y si la gente está desempleada y realmente sufriendo, ¡puede incluso haber motines!

Casi simultáneamente, una agencia europea llamada LEAP–Europe que publica boletines europeos globales confidenciales para sus clientes –políticos, servidores públicos, hombres de negocios e inversionistas– dedicó su número de febrero a la dislocación geopolítica global. El informe no pinta un retrato agradable. Discutió la posibilidad de una guerra civil en Europa, en Estados Unidos y en Japón. Previó una estampida generalizada que puede conducir a choques, a semiguerras civiles.

Los expertos dan algunos consejos: “Si su país o región es una zona donde hay una disponibilidad masiva de armas, lo mejor que puede usted hacer es… abandonar la región, si eso es posible”.

El único de estos países que concuerda con la descripción de disponibilidad masiva de armas es Estados Unidos. El director de LEAP–Europe, Franck Biancheri, apuntó que hay 200 millones de armas en circulación en Estados Unidos, y la violencia social ya es manifiesta a través de las pandillas. Los expertos que escribieron el informe aseguran que ya existe una emigración de estadounidenses hacia Europa, porque es ahí donde el peligro físico se mantendrá marginal.

Si Brzezinski confía en que emerja otro J. P. Morgan en Estados Unidos que haga entrar en razón a la clase adinerada, el informe de LEAP–Europe ve una última oportunidad en la sesión del 2 de abril del G–20 en Londres, siempre y cuando los participantes lleguen con un plan convincente y audaz.

Estos análisis no provienen de intelectuales de izquierda o de movimientos sociales radicales. Son la expresión abierta de los miedos de analistas serios que son parte del establishment existente en Estados Unidos y Europa. Los tabúes verbales se quiebran únicamente cuando tales personas están en verdad atemorizadas. El punto de romper tabúes es intentar una acción rápida que sea significativa –el equivalente a cuando J. P. Morgan encerró a los financieros en su casa, en 1907–.

Pero, era más fácil en 1907.


--------------------------------------------------------------------------------

(*) Immanuel Wallerstein, sociólogo e historiador estadounidense, continuador de la corriente iniciada por Fernand Braudel, es ampliamente conocido por sus estudios acerca de la génesis y transformaciones históricas del capitalismo. Su monumental trabajo "El moderno sistema mundial", cuyo primer tomo publicó en 1976, analiza el desarrollo del capitalismo como "economía–mundo". Actualmente es Senior Research Scholar en la Yale University. En el 2003 publicó “The Decline of American Power: The U.S. in a Chaotic World” (New Press).

jueves, 19 de marzo de 2009

EL NUEVO CONSENSO CAPITALISTA EN CIERNES/ WALDEN BELLO

El nuevo consenso capitalista en ciernes
Walden Bello
13 January 2009
Las elites económicas y políticas empiezan a converger en una especie de solución global de tipo socialdemócrata como solución de la presente crisis económica. Pero necesitamos algo más que una gestión social, sostiene Walden Bello: deberíamos aspirar a modelos de organización social que apunten a la igualdad y al control democrático-participatorio de la economía, tanto a escala nacional como a escala planetaria.



English


No resulta sorprendente que el rápido deterioro de la economía global, combinado con la llegada a la presidencia de los EEUU de un liberal de izquierda afroamericano, haya hecho concebir entre millones de personas la esperanza de que el mundo se halla en el umbral de una nueva era. Es verdad que algunos de los nombramientos recientes de Obama –señaladamente, el del exsecretario del Tesoro, Larry Summers, para dirigir el Consejo Económico Nacional, el de Tim Geithner, jefe del Comité de la Reserva Federal de Nueva York, para desempeñar el cargo de secretario del Tesoro y el del antiguo alcalde de Dallas, Ron Kirk, para Comercio— han despertado cierto escepticismo. Pero la sensación de que las vetustas fórmulas neoliberales están de todo punto desacreditadas ha convencido a muchos de que el nuevo liderazgo demócrata en la economía más grande del planeta romperá con las políticas fundamentalistas de mercado imperantes desde comienzos de los 80.

Ni que decir tiene que una cuestión importante pasa por saber hasta qué punto la ruptura con el neoliberalismo será decisiva y definitiva. Sin embargo, otras cuestiones apuntan al corazón mismo del capitalismo. La propiedad pública, la intervención y el control, ¿se ejercerán simplemente para estabilizar al capitalismo, para luego devolver el control a las elites empresariales? ¿Veremos una segunda ronda de capitalismo keynesiano, en la que el Estado, las elites granempresariales y las organizaciones sindicales colaborarán sobre una base de política industrial, crecimiento y salarios elevados (aunque, esta vez, con una dimensión verde añadida)? ¿O asistiremos al comienzo de una serie de alteraciones fundamentales en la propiedad y el control de la economía en una dirección más popular? El sistema global del capitalismo pone, ciertamente, límites al alcance de las reformas, pero ningún otro momento del pasado medio siglo han sido esos límites más fluidos e inciertos.

El presidente francés Nicolas Sarkozy ya ha hecho su apuesta: tras declarar que "el capitalismo de laissez-faire ha muerto", ha creado un fondo de inversiones estratégicas de 20 mil millones de euros para promover la innovación tecnológica, mantener en manos francesas los sectores industriales avanzados y conservar puestos de trabajo. "El día en que dejemos de construir trenes, aviones, automóviles y barcos, ¿qué quedará de la economía francesa?!, se preguntaba retóricamente hace pocos días. "Recuerdos. Pero yo no quiero que Francia se convierta en una mera reserva turística". Este tipo de política industrial agresiva, pensada para atraerse a la clase obrera blanca tradicional, podría ir de la mano de las políticas antiinmigratorias excluyentes con las que ha solido asociarse al presidente francés.

Socialdemocracia global

Sin embargo, un nuevo keynesianismo nacional conforme a las líneas de Sarkozy no es la única alternative de que disponen las elites. Dada la necesidad de legitimación global para promover sus intereses en un mundo cuyo equilibrio de poder se está desplazando hacia el Sur, a las elites occidentales podría resultarles más atractivo un vástago de la socialdemocracia europea y del liberalismo New Deal que podríamos llamar "Socialdemocracia Global", o SDG.

Antes incluso de que se desarrollara por completo la actual crisis financiera, los partidarios de la SDG ya habían empezado a adelantarla como una alternativa a la globalización neoliberal, respondiendo a las cuitas y a las tensiones provocadas por esta última. Una personalidad vinculada a la SDG es el actual primer ministro británico, Gordon Brown, quien encabezó la respuesta europea al desplome financiero abogando por la nacionalización parcial de los bancos. Considerado por mucha gente el padrino de la campaña "Convirtamos la pobreza en historia" en el Reino Unido, Brown, siendo todavía el canciller de finanzas británico, propuso lo que llamó una "capitalismo fundado en la alianza" entre el mercado y las instituciones estatales, capaz de reproducir a escala global lo que, según él, habría hecho Franklin Delano Roosevelt a escala económica nacional, a saber: "garantizar los beneficios generados por el mercado y, a la par, domar los excesos de éste". Se trataría, según Brown, de un sistema que "incorporaría todos los beneficios de los mercados y de los flujos de capitales globales, minimizaría los riesgos de crisis y desplomes, maximizaría las oportunidades de todos y sostendría a los más vulnerables. Significaría, en una palabra, restaurar, a escala económica mundial, el empeño y los elevados ideales públicos".

En la articulación de un discurso socialdemócrata global se ha unido a Brown un heterogéneo grupo formado, entre otros, por el economist Jeffrey Sachs, George Soros, el antiguo secretario general de la ONU Kofi Annan, el sociólogo David Held, el Premio Novel Josph Stiglitzy hasta Bill Gates. Hay entre ellos, huelga decirlo, diferencias de matiz, pero la dirección de sus perspectivas es la misma: traer un orden social reformado y lograr la revitalización del consenso en torno al capitalismo global.

Entre las posiciones clave avanzadas por los partidarios de la SDG están las que siguen:



La globalización es esencialmente beneficiosa para el mundo; los neoliberales simplemente han arruinado la gestión de la misma y la tarea de venderla a la opinión pública.


Es urgente salvar rescatar la globalización, arrancádola ed las manos neoliberales: porque la globalización es reversible, y lo cierto es que podría haber empezado ya el proceso de su reversión.


El crecimiento y la equidad pueden entrar e conflicto, en cuyo caso hay que dar primacía a la equidad.


Es posible que el libre comercio no sea beneficioso a largo plazo, y es posible que mantenga en la pobreza a la mayoría; por eso es importante que los acuerdos comerciales estén sujetos a condiciones sociales y medioambientales.


Hay que evitar el unilateralismo y, al propio tiempo, hay que emprender reformas fundamentales de las instituciones y de los acuerdos multilaterales, un proceso que podría entrañar la liquidación o la neutralización de varios de ellos, como el Acuerdo Comercial para los Derechos de Propiedad Intelectual (TRIP, por sus siglas en inglés) establecido en el marco de la Organización Mundial de Comercio.


La integración social global, o la reducción de las desigualdades dentro de las naciones y entre las naciones, debe ir de la mano de la integración del mercado global.


La deuda global de los países en vías de desarrollo ha de ser cancelada, o al menos, drásticamente reducida, a fin de que los ahorros puedan usarse para estimular a la economía local, contribuyendo así a la reflación global.


La pobreza y la degradación medioambiental son tan graves, que hay que poner por obra una programa masivo, una especie de "Plan Marshall" del Norte para las naciones del Sur en el marco de los "Objetivos de Desarrollo del Milenio".


Hay que lanzar una "Segunda Revolución Verde", particularmente en África, a través de la generalizada adopción de las semillas genéticamente modificadas.


Hay que dedicar grandes inversiones para poner a la economía global en una senda medioambientalmente más sostenible, y los gobiernos deben encabezar esos programas ("keynesianismo verde" o "capitalismo verde").


Las acciones militares para resolver problemas deben preterirse a favor más bien de la diplomacia y del "poder blando", pero deben mantenerse las intervenciones militares humanitarias en situaciones de genocidio.


Los límites de la Socialdemocracia Global

La Socialdemocracia Global no ha merecido hasta ahora demasiada discusión crítica, tal vez porque el grueso de los progresistas siguen empeñados en la última guerra, esto es, la guerra contra el neoliberalismo. Pero hacer su crítica es urgente, y no solo porque la SDG es el más candidato más probable como sucesor del neoliberalismo. Más importante aún es el hecho de que, aun cuando la SDG tiene algunos elementos positivos, tiene también, como su antecesor, el paradigma socialdemócrata de impronta keynesiana, bastantes rasgos problemáticos.

Comencemos por resaltar los problemas que presentan cuatro elementos centrales de la perspectiva SDG.

Primero: la SDG comparte con el neoliberalismo el sesgo favorable a la globalización, diferenciándose sólo por su promesa de promover una globalización mejor que la de los neoliberales. Eso, sin embargo, monta tanto como decir que basta añadir la dimensión de la "integración social global" para que un proceso que es intrínsecamente destructor y desbaratador, tanto social como ecológicamente, resulte digerible y aceptable. La SDG parte del supuesto de que las gentes quieren realmente formar parte de una economía global funcionalmente integrada en la que desaparezcan las barreras entre lo nacional y lo internacional. Sin embargo, ¿acaso no preferirían formar parte de economías sometidas a control local? ¿No es más cierto que preferían poner coto a los caprichos y extravagancias de la economía internacional? En realidad, la actual trayectoria descendente de las economías interconectadas confirma la validez de una de las críticas básicas al proceso de globalización por parte del movimiento antiglobalización.

Segundo: la SDG comparte con el neoliberalismo la preferencia por el mercado como mecanismo principal de producción, distribución y consumo, diferenciándose fundamentalmente por su insistencia en el papel del Estado a la hora de corregir los fallos del mercado. El tipo de globalización que el mundo necesita, según Jeffery Sachs en su libro The End of Poverty [El final de la pobreza], pasaría por "represar… la formidable energía del comercio y la inversión, reconociendo y corrigiendo las limitaciones mediante una acción colectiva compensatoria". Eso es harto distinto de sostener que la ciudadanía y la sociedad civil deben tomar las decisiones económicas clave, limitándose el mercado y la burocracia estatal a no ser sino mecanismos de ejecución de la toma democrática de decisiones.

Tercero: la SDG es un proyecto tecnocrático, con expertos excogitando y llevando a término reformas sociales desde arriba, no un proyecto participativo en el que las iniciativas discurren de abajo arriba.

Y cuarto: la SDG, aun si crítica con el neoliberalismo, acepta el marco del capitalismo monopolista, que descansa, básicamente, en el beneficio dimanante de la extracción explotadora de plusvalía procedente del trabajo, que va de crisis en crisis por sus inherentes tendencias a la sobreproducción y que, con su búsqueda de rentabilidad, tiende a chocar con los límites medioambientales. Lo mismo que el keynesianismo tradicional a escala nacional, la SDG busca, a escala global, un Nuevo compromiso de clase que vaya de la mano de nuevos métodos para contener o minimizar la tendencia a las crisis consubstancial al capitalismo. Así como la vieja socialdemocracia y el New Deal trajeron estabilidad al capitalismo a escala nacional, la función histórica de la SDG es mitigar las contradicciones del capitalismo global contemporáneo y relegitimar al mismo tras la crisis y el caos dejados por el neoliberalismo. En su misma raíz, la SDG tiene que ver con un problema de gestión social.

Obama tiene el talento de tender puentes entre discursos políticos diferentes. Es, asimismo, una tabula rasa en lo tocante a economía. Como Roosevelt en su día, no está atado a fórmulas del ancien régime. Es un pragmático, cuyo criterio clave es el éxito en la gestión social. Como tal, se halla en una posición única para encabezar esa ambiciosa empresa reformista.

La izquierda debe despertar

Mientras la izquierda estaba embarcada en una Guerra sin cuartel al neoliberalismo, el pensamiento reformista iba calando entre círculos reformistas del establishment. Y ese pensamiento está ahora a pique de convertirse en política: la izquierda debe redoblar sus esfuerzos para estar a la altura. No es sólo cosa de pasar de las críticas a las propuestas constructivas. El reto es superar los límites puestos a la imaginación política de la izquierda por la combinación de la agresividad del desafío neoliberal en los años 80 con el colapso de los regímenes de socialismo burocrático a comienzos de los 90. La izquierda debería ser capaz, de nuevo, de atreverse a aspirar a modelos de organización social que apuntaran sin reservas a la igualdad y al control democrático-participatorio tanto de la economía nacional como de la economía global, condiciones necesarias para la emancipación individual y colectiva.

Lo mismo que el viejo régimen keynesiano de posguerra, la SDG tiene que ver con la gestión social. En cambio, la perspectiva de la izquierda es la liberación social.


--------------------------------------------------------------------------------


Walden Bello, profesor de ciencias políticas y sociales en la Universidad de Filipinas (Manila), es miembro del Transnational Institute de Amsterdam y presidente de Freedom from Debt Coalition, así como analista sénior en Focus on the Global South.

Traducción para www.sinpermiso.info: Mínima Estrella

IR MAS ALLA DEL CAPITALISMO/ ENTREVISTA CON WALDEN BELLO

Ir más allá del capitalismo
Entrevista con Walden Bello. Por Alejandro Kirk
IPS Terra Viva, 29 January 2009
El Foro Social Mundial (FSM), reunido esta semana en Brasil, tiene la tarea urgente de proponer soluciones alternativas para la crisis mundial del capitalismo, e impulsar un control democrático de la economía y el Estado en todo el planeta, dice Walden Bello.



English


El editor de TerraViva, Alejandro Kirk, dialogó con Bello.

Alejandro Kirk: En el contexto de la actual crisis mundial, ¿cuál es la tarea más relevante del FSM?

Walden Bello: Estamos en una coyuntura histórica muy crítica, en la que el capitalismo neoliberal se está deshaciendo. Pienso que el FSM es un sitio donde deberían tener lugar discusiones muy serias, en términos de anticipar la probable respuesta del capitalismo global, así como impulsar alternativas a la crisis actual. Debemos poner realmente la tarea del FSM en el contexto de la crisis mundial, verdaderamente masiva.

Kirk: ¿Así que Belém será un escenario crucial para el futuro del FSM?

Bello: Sí, definitivamente. En este punto será fundamental para la sociedad civil mundial responder a esta crisis, más allá de la clase de soluciones para la estabilización que se están empezando a ver en Europa y Estados Unidos.

Las elites capitalistas ya están yendo más allá del neoliberalismo de muchas maneras, así que pienso por un lado que en Belém será realmente importante llegar a un consenso sobre la crisis del capitalismo, y deberíamos tener discusiones muy serias sobre cómo ir más allá de (esas) soluciones. Pienso que necesitamos proponer alternativas desde dentro del sistema, como una expansión de la democracia social, por ejemplo.

Kirk: ¿Cómo puede el FSM llegar a semejante respuesta y cómo puede implementarla?

Bello: En Belém se necesita identificar no sólo una crisis del neoliberalismo, sino una crisis del capitalismo. En el modo de producción capitalista, las raíces de la crisis son dinámicas. La alternativa a eso es algo que necesitamos abordar seriamente.

Realmente necesitamos enmarcar nuestras respuestas en términos de valores universales comunes, como la cuestión de la justicia y de la equidad, crear una alternativa que realmente se preocupe por el bienestar de la gente. Pienso que el debate en Belém será muy crítico en ese sentido.

En cuanto a la implementación, hay que ser bastante innovadores. Necesitamos vincular sólidamente nuestro movimiento en diferentes países, interactuando con respecto a las alternativas que se promueven. No puede ser fácil, pero este compartir experiencias e ideas y crear redes es algo en lo que el foro jugará un rol fundamental.

Kirk: En sus escritos, usted parece evitar términos clásicos como "socialismo", "revolución" y afines para describir a la clase de sociedad a la que aspira el FSM.

Bello: No rehúyo tanto de articular la alternativa. (Queremos) democratizar la propiedad de los medios de producción. Ya sea que uno llame a eso socialismo o democracia popular, o socialismo democrático, de lo que uno realmente está hablando es de un control democrático de la economía.

Necesitamos mirar la posible articulación de economías combinadas, con diferentes sistemas de propiedad dentro de la economía, lo que probablemente incluirá empresas sociales, cooperativas, empresas privadas y estatales.

Ésa es una dimensión. Otra es la cuestión de volver a centrarse en la economía interna, en el desarrollo económico nacional en vez de en los mercados exportadores. Estaríamos hablando sobre la importancia crítica de la equidad, de mecanismos bastante fuertes de ingresos y redistribución. Y sobre una alternativa ecológicamente sostenible. No quiero usar el término "socialismo" porque hay ciertas connotaciones sobre de qué se trata el socialismo que devuelven la imagen de Europa oriental.

Kirk: ¿Hay algo similar a esto que esté ocurriendo en alguna parte del mundo precisamente ahora?

Bello: Estamos viendo esfuerzos coherentes con esta línea en varios países, ciertamente en Bolivia, Ecuador y Venezuela. Por supuesto que cada proceso tiene sus propias particularidades y dinámica.

Yo diría que a medida que la crisis se profundiza --y pienso que estamos en las etapas iniciales de esta crisis-- los esfuerzos de la gente van a ir más allá de los muy tradicionales mecanismos de estabilización ahora en curso. Así que imagino que veremos cada vez más de estos esfuerzos, por el control democrático y la participación.

Kirk: En este proceso, ¿los países en desarrollo asumen el liderazgo y el Norte industrializado se queda rezagado?

Bello: Yo no diría eso. Pienso que la gente todavía está aturdida por la crisis, especialmente en Estados Unidos, Europa y Japón. La crisis se mueve muy, muy rápidamente. Yo no descontaría el surgimiento de movimientos populares en estas áreas.

Kirk: También está el riesgo de reacciones de la derecha radical, como las de Francia e Italia.

Bello: Eso es definitivamente una posibilidad. Lo que vamos a ver es tres posibilidades: una radicalización hacia la izquierda, una radicalización hacia la derecha --y éste es un gran peligro en el Norte, en lugares como Italia y Francia-- o simplemente la parálisis. Así que no hay garantías de que las alternativas progresistas vayan a crecer. Los progresistas, con su conocimiento de la sociedad y su estrategia, deben luchar por su hegemonía.

Kirk: Hace poco usted escribió que la balanza global del poder se está inclinando hacia el Sur en desarrollo.

Bello: Lo que quiero decir es que en la última década hemos visto el debilitamiento de los centros económicos tradicionales. Vimos que Estados Unidos ingresó en esta forma de capitalismo guiada por el consumo y las finanzas, financiada por China. El crédito chino ha mantenido a la economía estadounidense funcionando.

En los últimos 10 a 15 años, países como Brasil, China e India se han convertido en actores económicos relativamente más fuertes, con el cambio de puestos laborales y capital. Se han vuelto los acreedores del Norte. Eso es lo que quiero decir en términos de equilibrio de poder. No estoy diciendo que se hayan convertido en el nuevo centro. El Norte continúa siendo el poder hegemónico, especialmente Estados Unidos.

Kirk: ¿Es esto positivo para la clase de esfuerzo que usted exige?

Bello: Depende. Sobre todo, cuanto menos hegemónicos se vuelven los países del Norte y cuanto más poder se difunde hacia el sistema mundial, pienso que es un hecho positivo. Por otro lado, hay que darse cuenta de que estas economías (del Sur) están controladas de muchas maneras por una elite capitalista. Por ejemplo, (la elite) de China es menos responsable que, digamos, la elite de Estados Unidos.

Kirk: En este contexto, ¿cómo ve el ataque israelí contra Gaza?

Bello: Desde el primer momento he sostenido que hay ciertas luchas clave sobre las que el FSM debe adoptar una posición muy fuerte. Definitivamente, la cuestión palestina es una de ellas. El FSM debería condenar a Israel y apoyar el derecho de los palestinos a su propio Estado, apoyando el derecho de regreso de los palestinos a lo que ahora es Israel.

Yo realmente siento que el FSM ya no puede decir que simplemente queremos brindar un techo para que tengan lugar las discusiones. Siempre he dicho que esa clase de postura académica terminará disipando el espíritu del FSM, y pienso que eso ya ha ocurrido, hasta cierto punto.

Reforzar realmente su alma y continuar proporcionando una fuerte energía en apoyo de los movimientos de la sociedad civil, la cuestión palestina y Afganistán, la cuestión del capitalismo, son temas en los que el FSM debe adoptar una posición muy fuerte.

Kirk: Tal enfoque demanda una estructura permanente.

Bello: Sí, pensamos que deberíamos hallar maneras de volver al Consejo Internacional un organismo más responsable. El problema con él es que se trata principalmente de un grupo de debate más que de una entidad con poderes efectivos para hacer avanzar la lucha.

Uno de los problemas del FSM es que no hay un sentido de acumulación de lecciones de uno a otro. Ése es el desafío. Pero pese a todas las debilidades del FSM, todavía es un mecanismo muy importante para que la sociedad civil global pueda influir en el curso de los acontecimientos mundiales.


--------------------------------------------------------------------------------


Este informe fue publicado por TerraViva, un periódico independiente de IPS, en el Foro Social Mundial de Belém, Brasil.

lunes, 16 de febrero de 2009

PORQUÉ ESTÁ CONDENADO AL FRACASO EL PAQUETE DE ESTIMULOS ECONÓMICOS/ DAVID HARVEY

Por qué está condenado al fracaso el paquete de estímulos económicos
David Harvey · · · · ·

15/02/09

No tiene pocas ventajas ver la crisis de nuestros días como una erupción superficial generada por derivas tectónicas profundas en el dispositivo espacio-temporal del desarrollo capitalista. Las placas tectónicas están ahora acelerando su desplazamiento, y casi con toda seguridad se incrementará la probabilidad de que las crisis del tipo de las que han venido ocurriendo más o menos desde 1980 se hagan más frecuentes y más violentas. El modo, la forma, la espacialidad y el momento de esas disrupciones superficiales resultan prácticamente imposibles de predecir, pero se puede afirmar casi con certeza que se repetirán con frecuencia y profundidad crecientes. De manera, pues, que los acontecimiento de 2008 hay que situarlos en el contexto de unas pautas de mayor calado. Que esas tensiones sean internas a la dinámica capitalista (sin excluir acontecimientos dañinos aparentemente externos, como una pandemia catastrófica), es el mejor argumento, según dejó dicho Marx, “para que el capitalismo desaparezca y se abra camino algún modo de producir alternativo y más racional”.

Comienzo por esta conclusión porque me sigue pareciendo vital, si no poner énfasis dramático en, sí al menos destacar, según he venido haciendo durante años en mis escritos, que la incapacidad para entender la dinámica geográfica del capitalismo –o aun la consideración de la dimensión geográfica como algo en cierto sentido contingente o epifenoménico— monta tanto como perder el hilo conductor que permite comprender el desarrollo geográfico desigual del capitalismo y perder de vista posibilidades de construcción de alternativas radicales. Pero eso plantea una aguda dificultad añadida al análisis, porque nos enfrenta constantemente a la tarea de intentar inferir principios universales respecto del papel de la producción de espacios, emplazamientos y contextos medioambientales en la dinámica del capitalismo a partir de un océano de particularidades geográficas, a menudo volátiles. Así pues, ¿cómo integrar la inteligencia de los datos geográficos en nuestras teorías del cambio evolutivo? Observemos más detenidamente las derivas tectónicas.

En noviembre de 2008, poco después de la elección de un nuevo presidente, el Consejo de Inteligencia Nacional de los EEUU (NCIS, por sus siglas en inglés) hizo públicas sus estimaciones délficas sobre cómo sería el mundo en 2025. Acaso por vez primera, un organismo norteamericano casi oficial predecía que en 2025 los EEUU, aun manteniendo su papel de actor poderoso, si no el más poderoso, de la política mundial, ya no sería la potencia dominante. El mundo sería multipolar y menos monocéntrico, y crecería el poder de los actores no estatales. El informe admitía que la hegemonía de EEUU había tenido en tiempos pasados sus más y sus menos, pero que ahora lo que estaba desvaneciéndose de modo sistemático era su predominio económico, político y hasta militar. Sobre todo (y vale la pena notar que el informe estaba ya listo antes de la implosión de los sistemas financieros norteamericano y británico), “la deriva sin precedentes que, en lo tocante a riqueza y poder económico relativos, observamos ahora en dirección Oeste-Este seguirá su curso.”

Esa “deriva sin precedentes” ha invertido el drenaje de riqueza que inveteradamente fluía del este, el sureste y el sur de Asia hacia Europa y el norte de América: un drenaje que comenzó en el siglo XVIII –y del que llegó a percatarse, lamentándolo, el propio Adam Smith en la Riqueza de las naciones—, pero que se aceleró implacablemente durante el siglo XIX. El auge del Japón en la década de los 60 del siglo XX, seguido del de Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Hong Kong en los 70, y luego el rápido crecimiento de China después de 1980 (acompañado, acto seguido, por brotes de industrialización en Indonesia, India, Vietnam, Tailandia y Malaysia), han alterado el centro de gravedad del desarrollo capitalista, aunque no sin incidentes (la crisis financiera del este y el sureste asiáticos en 1997-98 vio, breve pero abundantemente, fluir otra vez la riqueza hacia Wall Street y los bancos europeos y japoneses). La hegemonía económica parece estar desplazándose hacia alguna constelación de potencias en el este asiático, y si las crisis, según he argüido, son momentos de radical reconfiguración del desarrollo capitalista, entonces el hecho de que los EEUU esté en vías de financiar con enormes déficits la salida de sus dificultades financieras y el hecho de que los déficits estén siendo en gran medida cubiertos por los países con excedentes ahorrados –Japón, China, Corea del Sur, Taiwán y los Estados del Golfo— sugieren que estamos en puertas de la consolidación de una deriva de este tipo.

Derivas así se han dado ya antes en la larga historia del capitalismo. En el concienzudo repaso que de la misma hace Giovanni Arrighi en su libro El largo siglo XX podemos ver cómo la hegemonía se desplaza desde las ciudades-estado de Génova y Venecia en el siglo XVI a Amsterdam y los Países Bajos en el XVII, para concentrarse en la Gran Bretaña a partir del siglo XVIII, antes de que los EEUU tomaran el control después de 1945. Arrighi destaca unos cuantos rasgos comunes a todas esas transiciones que son pertinentes para nuestro análisis. Cada deriva, observa Arrighi, se dio en la estela de una rotunda fase de financiarización (cita aquí con aprobación la máxima del historiador Braudel, según la cual la financiarización anuncia el otoño de alguna configuración hegemónica). Pero cada deriva trajo también consigo un cambio radical de escala, desde las pequeñas ciudades-estado iniciales hasta la economía de proporciones continentales de los EEUU en la segunda mitad del siglo XX. Ese cambio de escala cobra sentido, habida cuenta de la regla directriz capitalista de la acumulación sin tregua y del crecimiento compuesto de al menos un sempiterno 3%. Pero las derivas hegemónicas, sostiene Arrighi, no están determinadas de partida. Dependen de la aparición de alguna potencia económicamente capaz y política y militarmente dispuesta a desempeñar el papel de hegemón global (con las ventajas y desventajas que eso trae consigo). La renuencia de los EEUU a asumir ese papel antes de la II Guerra Mundial significó un interregno de tensiones multipolares que propició la deriva bélica (Gran Bretaña no estaba ya en disposición de afirmar su anterior papel hegemónico). Mucho depende también de cómo se comporte el antiguo hegemón enfrentado a la disminución de su papel tradicional. Puede pasar a la historia o pacífica o beligerantemente. Visto así, el que los EEUU sigan manteniendo un poder militar avasallador (particularmente, en el espacio exterior) en un contexto de declive de su poder económico y financiero y de creciente mengua de su autoridad moral y cultural crea escenarios inquietantes para cualquier transición venidera. Además, no es obvio que el principal candidato a desplazar a los EEUU, China, tenga la capacidad para o la voluntad de afianzarse en algún papel de potencia hegemónica, pues aunque su población es desde luego lo bastante grande como para subvenir a los requisitos de un cambio de escala, ni su economía ni su autoridad política (ni siquiera su voluntad política) apuntan a una ascensión fácil al papel de hegemón global. Dadas las divisiones nacionalistas existentes, la idea de que alguna asociación entre las potencias del este asiático podría cumplir la tarea resulta harto improbable. Y lo mismo ocurre en el caso de una Unión Europea fragmentada y fracturada o en el de las llamadas potencias BRIC (Brasil, Rusia, India y China). Razón por la cual resulta plausible la predicción de que estamos aproados a un nuevo interregno multipolar de intereses encontrados y en conflicto.

Derivas tectónicas

Pero la deriva tectónica que está dejando atrás el predominio y la hegemonía estadounidenses de los últimos tiempos es cada vez más visible. La tesis de una excesiva financiarización añadida a la tesis de la “deuda como predictor principal de la hegemonía de una potencia mundial” ha encontrado un eco popular en los escritos de Kevin Phillips. Los intentos ahora en curso de reconstruir el predominio de los EEUU mediante reformas en la arquitectura del vínculo entre las finanzas nacionales y globales parece que no están funcionando. Al propio tiempo, las exclusiones impuestas a las tentativas del grueso del resto del mundo por reconfigurar esa arquitectura provocarán con casi total seguridad fuertes tensiones, cuando no abiertos conflictos económicos.

Pero las derivas tectónicas de este tipo no se producen por arte de magia. Aunque la geografía histórica de una deriva de hegemonía, según la describe Arrighi, manifiesta una clara pauta, y aunque del registro histórico resulta también claro que esas derivas vienen siempre precedidas de períodos de financiarización, Arrighi no ofrece un análisis en profundidad de los procesos generadores de tales derivas. Es verdad que menciona la “acumulación sin tregua”, y por consiguiente, el síndrome del crecimiento (la regla del 3% de crecimiento compuesto) como elementos críticos explicativos de la deriva. Eso implica que la hegemonía se desplaza con el curso del tiempo de entidades políticas pequeña (id est, Venecia) a otras más grandes (por ejemplo, los EEUU). También arguye que la hegemonía tiene que radicar en aquella entidad política que produce el grueso del excedente (o a la que fluye el grueso del excedente en forma de tributos o exacciones imperialistas). De un producto global total cercano a los 45 billones de dólares en 2005, los EEUU participan con 15 billones, lo que le convierte, por así decirlo, en el accionista principal que domina y controla el capitalismo global, con capacidad para dictar (como suele hacer en su papel de accionista en jefe en las instituciones internacionales como el Banco Mundial y el FMI) las políticas globales. El informe del NCIS basa en parte su predicción en la pérdida de predominio paralela al mantenimiento de una robusta posición en la menguante participación en el producto global de los EEUU en relación con el resto del mundo en general y con China en particular.

Pero como el propio Arrighi señala, el cauce político de esa deriva dista por mucho de estar claro. La apuesta de los EEUU por la hegemonía global bajo Woodrow Wilson durante e inmediatamente después de la I Guerra Mundial se vio obstaculizada por las preferencias aislacionistas prevalentes en la tradición política nacional norteamericana (de ahí el colapso de la Liga de las Naciones), y sólo después de la II Guerra Mundial (en la que la población norteamericana no quería entrar, hasta que ocurrió Peral Harbour) se libraron los EEUU a su papel de hegemón global mediante un política exterior bipartidista anclada en los Acuerdos de Bretton Woods, que establecieron la forma de organizar el orden internacional postbélico (frente a la Guerra Fría y a la amenaza que para el capitalismo representaba un comunismo internacional en plena onda de propagación). Que los EEUU habían venido inveteradamente desarrollándose como un Estado capaz en principio de cumplir un papel de hegemón global, resulta evidente desde los primeros días de su andadura como nación. Estaban pertrechados con las oportunas doctrinas, como la del “Destino manifiesto” (expansión geográfica a escala continental, eventualmente hasta el Pacífico y el Caribe, antes de hacerse global sin necesidad de conquistas territoriales) o la Doctrina Monroe, que exigía a las potencias europeas dejar en paz a las Américas (la doctrina fue en realidad formulada por el secretario británico de Exteriores, Canning, en la década de lo 20 del siglo XIX, y hecha suya casi inmediatamente por los EEUU). Los EEUU poseían el dinamismo necesario para aspirar a una creciente participación en el producto global, y estuvieron quintaesencialmente comprometidos con alguna que otra versión de lo que puede calificarse de la manera más feliz como “mercado arrinconado” o capitalismo “monopólico”, aupado por una ideología apologética del individualismo más descarnado. De modo, pues, que hay un sentido en el que puede decirse que los EEUU habían venido preparándose, durante la mayor parte de su historia, para el papel de hegemón global. Lo único sorprendente es que tomara tanto tiempo el llegar cumplirlo, y que fuera la II Guerra y no la primera la ocasión que les llevó finalmente a jugar ese papel, permitiendo que los años de entre-guerras fueran tiempos de multipolaridad y caótica competición entra ambiciones imperiales como las que ahora teme vislumbrar el informe del NCIS para 2025.

Las derivas tectónicas ahora en curso están, sin embargo, hondamente influidas por la radical desigualdad geográfica en las posibilidades económicas y políticas de responder a la presente crisis. Se me permitirá ilustrar el modo en que opera ahora esa desigualdad por la vía de un ejemplo muy plástico. A medida que ha ido profundizándose la crisis comenzada en 2007, muchos han tomado el partido de una solución plenamente keynesiana como la única capaz de sacar al capitalismo global del desastre en que se halla sumido. Con este fin, se propuso una variedad de paquetes de estímulos y medidas de estabilización bancaria. Muchas de esas propuestas fueron hasta cierto punto puestas por obra en distintos países y de diferentes maneras en la esperanza de hacer frente a las crecientes dificultades. El espectro de soluciones ofrecidas variaba inmensamente según las circunstancias económicas y los perfiles imperantes en la opinión pública (colocando, por ejemplo, a Alemania frente a Francia y a Gran Bretaña en la Unión Europea). Pero pensemos, por ejemplo, en las distintas posibilidades económico-políticas abiertas a los EEUU y a China y en las potenciales consecuencias tanto para la deriva de hegemonía como para el posible modo de resolver la crisis.


China, los EEUU y las soluciones keynesianas

En los EEUU, cualquier tentativa de hallar una adecuada solución keynesiana ha sido condenada de partida, levantándole unas barreras económicas y políticas prácticamente imposibles de franquear. Para funcionar, una solución keynesiana precisaría de una financiación masiva y duradera con déficit. Se dicho con razón que el intento de Roosevelt de regresar a un presupuesto equilibrado en 1937-38 es lo que volvió a hundir a los EEUU en la depresión y que fue la II Guerra Mundial lo que salvó la situación, y no el timorato proyecto rooseveltiano de financiación con déficit que fue el New Deal. Así pues, aun si las reformas institucionales y unas políticas más igualitarias pusieron los fundamentos de la recuperación posterior a la II Guerra Mundial, el New Deal como tal fracasó en punto a resolver la crisis en los EEUU.

El problema para los EEUU en 2008-09 es que parte de una posición de endeudamiento crónico con el resto del mundo (ha estado tomando préstamos a un ritmo de más de 2 mil millones de dólares diarios en los últimos diez o más años), y eso significa una limitación económica para las dimensiones del déficit extra que puede permitirse ahora. (Lo que no fue un problema serio para Roosevelt, quien empezó con un presupuesto equilibrado.) Hay también una limitación geopolítica, puesto que la financiación de cualquier déficit extra depende de la disposición de otras potencias (principalmente del este asiático y de los Estados del Golfo) a prestar. Habida cuenta de ambas limitaciones, hay que dar por prácticamente seguro que el estímulo económico factible en los EEUU no será ni lo bastante amplio ni lo bastante duradero como para subvenir a la tarea de reflotar la economía. Este problema se ve exacerbado por la reluctancia ideológica de ambos partidos a aceptar los enormes montos de de gasto deficitario requeridos para salir de la crisis. Irónicamente, y al menos en parte, porque la anterior administración republicana trabajó conforme al principio de Dick Cheney, según el cual. “Reagan nos enseñó que los déficits no importan”. Como ha dicho Paul Krugman, el primer abogado público de una solución keynesiana, los 800 mil millones de dólares votados a regañadientes por el Congreso en 2009, aunque son mejor que nada, distan mucho de ser suficientes. Se necesitaría una cifra del orden de los 2 billones de dólares, una cantidad excesiva dado el nivel actual de partida del déficit estadounidense. La única opción económica posible sería cambiar el débil keynesianismo de los excesivos gastos militares por un keynesianismo mucho más fuerte abocado a programas sociales. Recortar a la mitad el presupuesto norteamericano de defensa (acercándolo a los niveles europeos en porcentaje de PIB) podría resultar técnicamente útil. Huelga decirlo: quienquiera proponga semejante cosa cometerá suicidio político, dada la posición política mantenida por el Partido Republicano y por tantos Demócratas.

La segunda barrera es más puramente política. Para funcionar, el estímulo ha de administrarse de forma tal, que se asegure su gasto en bienes y servicios para que la economía recupere alegría. Eso significa que hay que dirigir todas las ayudas a quienes harán efectivamente uso de ellas y se gastarán los dineros, es decir, a las clases sociales más humildes, porque las clases medias, puestas a gastar algo, lo más probable es que lo hagan pujando al alza por valores de activos (comprando casas hipotecariamente ejecutadas en subasta, por ejemplo), y no comprando más bienes y servicios. En cualquier caso, en los malos tiempos mucha gente tiende a usar los ingresos extraordinarios inopinadamente recibidos para cancelar deudas o para ahorrar (como ocurrió en muy buena medida con el reembolso de 600 dólares propiciado por la administración Bush a comienzos del verano de 2008).

Lo que parece prudente y racional desde el punto de vista del presupuesto doméstico resulta dañino para el conjunto de la economía. (Análogamente: los bancos han procedido racionalmente al servirse del dinero público recibido para atesorarlo o para comprar activos, antes que para prestarlo.) La hostilidad, preponderante en los EEUU, a “diseminar la riqueza” y a gestionar cualquier ayuda pública que no sean los recortes fiscales a los individuos, viene del núcleo duro de la doctrina ideológica neoliberal (focalizada, pero en modo alguno confinada en el Partido Republicano), según la cual “los hogares saben más”. Esas doctrinas han llegado a gozar en los EEUU de amplia aceptación, como si de un evangelio se tratara, tras treinta años de adoctrinamiento político neoliberal. Según he argüido en otra ocasión, “todos somos neoliberales ahora”, las más veces sin saberlo. Hay una aceptación tácita, por ejemplo, de que la “represión salarial” –un componente clave del problema presente— es un “estado normal” de las cosas en los EEUU. Una de las tres patas de una solución keynesiana –mayor capacidad de negociación de los trabajadores, salarios al alza y redistribución favorable a las clases bajas— es hoy por hoy políticamente imposible en los EEUU. La sola sugerencia de que un programa así equivale al “socialismo” hace temblar al establishment político. Los trabajadores organizados no son lo suficientemente fuertes (tras treinta años de ser machacados por las fuerzas políticas), y no se ve ningún otro movimiento social lo bastante amplio como para presionar por una redistribución a favor de las clases trabajadoras.

Otro modo de lograr objetivos keynesianos es el suministro de bienes colectivos. Eso, tradicionalmente, ha implicado inversiones en infraestructuras físicas y sociales (los programas WPA [Works Progress Administration] de los años 30 del siglo pasado fueron un precedente). De aquí que la tentativa de insertar en los paquetes de estímulo programas para reconstruir y ampliar infraestructuras públicas de transporte y comunicaciones, energía y otras obras públicas en paralelo a un incremento del gasto en atención sanitaria, educación, servicios municipales, etc. Esos bienes colectivos tienen el potencial para generar multiplicadores tanto en el empleo como en la demanda efectiva de más bienes y servicios. Pero lo que se presume es que esos bienes colectivos entrarán, en cierto momento, en la categoría de “gastos públicos productivos” (es decir, que estimulan un ulterior crecimiento), no que se convertirán en una serie de “elefantes blancos” públicos que, según observó Keynes en su día, carecen de otra utilidad que la que tendría poner a la gente a cavar fosas para volver a llenarlas luego. En otras palabras, una estrategia de inversión en infraestructuras ha de orientarse a la sistemática recuperación del crecimiento del 3% a través, pongamos por caso, del metódico rediseño de nuestras infraestructuras y nuestros modos de vida urbanos. Eso no puede funcionar sin una refinada planificación estatal añadida a una base productiva ya existente que pueda aprovecharse de las nuevas infraestructuras. También aquí, el dilatado proceso de desindustrialización experimentado por los EEUU en las últimas décadas, así como la intensa oposición ideológica a la planificación estatal (elementos, éstos últimos, incorporados por Roosevelt al New Deal, y que persistieron hasta los 60, para ser abandonados tras el asalto neoliberal de los 80 a este particular ejercicio del poder del Estado) y la obvia preferencia por los recortes fiscales frente a las transformaciones públicas de las infraestructuras, torna imposible en los EEUU la puesta por obra de una solución plenamente.

En China, por otro lado, se dan realmente tanto las condiciones políticas como las económicas para una solución plenamente keynesiana, y hay allí rebosantes signos de que esa será probablemente la vía a seguir. Para empezar, China posee una gran reserva de excedente extranjero en efectivo y resulta más fácil financiar la deuda partiendo de esa base que de unos gastos de deuda ya acumulada como en el caso de los EEUU. Vale la pena notar también que desde mediados de los 90 los “activos tóxicos” (los préstamos que no funcionan) de los bancos chinos –algunas estimaciones los sitúan en el 40% de todos los préstamos en 2000) han desaparecido de la contabilidad bancaria merced a ocasionales inyecciones de excedente en efectivo procedente de las reservas del comercio exterior. Los chinos han tenido en funcionamiento durante mucho tiempo el equivalente a un programa TARP [el programa estadounidense de rescate bancario puesto en práctica en los últimos meses de 2008], y evidentemente saben cómo manejarlo (aun si muchas de las transacciones llevan la impronta de la corrupción). Los chinos tienen capacidad económica bastante como para embarcarse en un programa masivo de financiación con déficit y disponen de una arquitectura financiera estatal centralizada apta, si se lo proponen, para administrar ese programa con eficacia. Los bancos, durante mucho tiempo de propiedad estatal, puede que fueran nominalmente privatizados para satisfacer las exigencias de la OMC (Organización Mundial de Comercio) y atraer capital y pericia foráneos, pero todavía pueden ser fácilmente sometidos a la voluntad del Estado central, mientras que en los EEUU aun el más vagaroso signo de directriz estatal, por no hablar de nacionalización, da pie a todo tipo de furores políticos.

Análogamente, no hay allí la menor barrera ideológica para una generosa redistribución de recursos a favor de los sectores más necesitados de la sociedad, aunque puede haber necesidad de vencer lo acorazados intereses de los miembros más ricos del partido y de una incipiente clase capitalista. La imputación, según la cual eso sería tanto como el “socialismo”, o todavía peor, el “comunismo”, apenas si despertaría en China sonrisas divertidas. Pero la reaparición en China del desempleo masivo (de acuerdo con los últimos informes, la ralentización de los últimos meses habría provocado ya 20 millones de desempleados), así como los indicios de un extendido malestar social aceleradamente creciente, forzarán seguramente al Partido Comunista chino a emprender masivas redistribuciones, estén o no ideológicamente convencidos de la justicia de las mismas. A comienzos de 2009, esa política redistributiva parece encaminada en primera a revitalizar las atrasadas regiones rurales a las que regresan los trabajadores emigrantes que han perdido sus empleos, frustrados con la constatación de la escasez de puestos de trabajo en las zonas manufactureras. En esas regiones, en las que faltan infraestructuras sociales y físicas, una robusta inyección de recursos por parte del gobierno central contribuirá a aumentar los ingresos, a expandir la demanda efectiva y a dar el tiro de salida para el largo proceso de consolidación del mercado interno chino.

En segundo lugar, hay un fuerte deseo de proceder a inversiones masivas en infraestructuras que todavía faltan en China. –En cambio, los recortes fiscales apenas tienen allí atractivo político— Y aunque es posible que algunas de esas inversiones terminen siendo “elefantes blancos”, la probabilidad de que así sea es allí harto más baja, dada la inmensa cantidad de trabajo que todavía se necesita para integrar el espacio nacional chino y, así, enfrentarse al problema del desarrollo geográfico desigual entre las regiones costeras de alto desarrollo y las empobrecidas provincias del interior. La existencia de una ancha –aun si problemática— base industrial y manufacturera necesitada de racionalización espacial hace más probable que el esfuerzo chino entre en la categoría del gasto público productivo. En el caso chino, buena parte del excedente puede ser canalizado hacia la ulterior producción de espacio, y eso aun admitiendo que la especulación en los mercados de propiedad urbana en ciudades como Shanghái, lo mismo que en los EEUU, es parte del problema y no puede, por consiguiente, convertirse en parte de la solución. Los gastos en infraestructuras, siempre que se hagan a una escala lo suficientemente grande, son de largo aliento y sirven tanto para canalizar el trabajo excedente como para reducir las posibilidades disturbios sociales, contribuyendo ellos también, además, a impulsar el mercado interior.

Implicaciones internacionales

Esas posibilidades completamente distintas que tienen los EEUU y China de propiciar una solución plenamente keynesiana tienen hondas implicaciones internacionales. Si China emplea más recursos procedentes de sus reservas financieras para impulsar su mercado interior, como con casi total seguridad se verá forzada a hacer por razones políticas, dejará menos recursos para posibles préstamos a los EEUU. El descenso de compras de bonos del Tesoro estadounidense terminará por forzar unos tipos de interés más altos, lo que incidirá negativamente en la demanda interna norteamericana, lo cual, a su vez, y a menos que se haga una gestión meticulosa, podría disparar lo que todo el mundo teme y que hasta ahora ha conseguido evitarse: un desplome del dólar. Una paulatina desvinculación de los mercados norteamericanos y la progresiva substitución de los mismos por el propio mercado interno como fuente de la demanda efectiva de la industria china alterarían significativamente los equilibrios de poder (un proceso que, dicho sea de paso, estaría cargado de tensiones, tanto para China como para los EEUU). La divisa china se robustecerá necesariamente frente al dólar (una situación tan largamente pretendida por las autoridades estadounidenses, como secretamente temida), lo que obligará a los chinos a basarse todavía más en su mercado interior para la demanda agregada. El dinamismo que de ellos resultará en el interior de China (contrastable con las condiciones de recesión duradera que prevalecerán en los EEUU) atraerá a más y más productores de materias primas a la órbita comercial china y erosionará la importancia relativa de los EEUU en el comercio internacional. El efecto global de todo lo cual será la aceleración del desplazamiento de la riqueza de Oeste a Este en la economía mundial y la rápida alteración de los equilibrios de poder económico hegemónico. El movimiento tectónico que operará en el equilibrio del poder capitalista global intensificará todo tipo de ramificaciones económicas y políticas impredictibles en un mundo en el que los EEUU dejarán de estar en una posición dominante aun cuando sigan manteniendo un poder importante. La suprema ironía, huelga decirlo, es que las barreras políticas e ideológicas puestas en los EEUU a cualquier programa plenamente keynesiano contribuirán seguramente a acelerar el derrumbe del predominio norteamericano en los asuntos globales, a pesar de que las elites de todo el mundo (incluidas las chinas) preferirían preservar ese predominio el mayor tiempo posible.

Que un genuino keynesianismo baste o no para que China (junto a otros Estados en posición similar) logre compensar el inevitable fracaso del reticente keynesianismo occidental, es cuestión de todo punto abierta. Pero esas diferencias, sumadas al eclipse de la hegemonía norteamericana, bien podrían ser el preludio de una fragmentación de la economía global en estructuras hegemónicas regionales que podrían terminar pugnando ferozmente entre sí con tanta facilidad como colaborando en la miserable cuestión de dirimir quién tiene que cargar con los estropicios de una depresión duradera. No es ésta una idea precisamente alentadora, pero tener en mente la posibilidad de una perspectiva de este tipo podría acaso contribuir a despertar a buena parte del mundo occidental y a percatarse de la urgencia de la tarea que tiene enfrente; a que sus dirigentes políticos dejen de predicar banalidades sobre restaurar la confianza y se pongan a hacer lo que hay que hacer para rescatar al capitalismo de los capitalistas y de su falsaria ideología neoliberal. Y si eso significa socialismo, nacionalizaciones, robustas directrices estatales, forja de colaboraciones internacionales y una nueva y harto más inclusiva (“democrática”, si puedo avilantarme a decirlo así) arquitectura financiera internacional, pues que así sea.

*David Harvey es un geógrafo, sociólogo urbano e historiador social marxista de reputación académica internacional. Entre sus libros traducidos al castellano: Espacios de esperanza (Akal, Madrid, 2000) y El nuevo imperialismo (Akal, Madrid, 2004). Actualmente, es Distinguished Professor en el CUNY Graduate Center de Nueva York. Su último libro es A Brief History of Neoliberalism [traducción castellana: Breve historia del neoliberalismo , Madrid, Akal, 2007]. Mantiene un más que recomendable blog: Reading Marx's Capital blog.

domingo, 8 de febrero de 2009

¡Que se vayan todos!/ Naomi Klein

¡Que se vayan todos!
Naomi Klein (www.sinpermiso.info)

08/02/09

Viendo a las multitudes en Islandia blandiendo y golpeando ollas y cacerolas hasta hacer caer a su gobierno me acordaba yo de una popular consigna coreada en los círculos anticapitalistas en 2002: "Ustedes son Enron; nosotros, la Argentina".

Su mensaje era suficientemente simple. Ustedes –políticos y altos ejecutivos amalgamados en alguna que otra cumbre comercial— son como los temerarios estafadores ejecutivos de Enron (claro que entonces no sabíamos ni la mitad de lo ocurrido)—. Nosotros –el populacho mantenido al margen— somos como los argentinos, quienes, en medio de una crisis económica misteriosamente parecida a la nuestra, salieron a la calle con ollas y cacerolas al grito de: "Que se vayan todos". Forzaron la dimisión de cuatro presidentes en menos de tres semanas. Lo que hizo única la rebelión argentina de 2001-2002 fue que no iba dirigida contra ningún partido político concreto, ni tampoco contra la corrupción en abstracto. Su objetivo era el modelo económico dominante: fue la primera revuelta de una nación contra el capitalismo desregulado de nuestros días.

Ha tomado su tiempo, pero, finalmente, desde Islandia hasta Letonia, pasando por Corea del Sur y Grecia, el resto del mundo está llegando al mismo resultado: ¡que se vayan todos!

Las estoicas matriarcas islandesas que sacaban sus cacerolas mientras sus hijos buscaban proyectiles en el frigorífico (huevos, desde luego, ¿también yogures?) reproducen las tácticas que se hicieron famosas en Buenos Aires. Un eco de la rabia colectiva contra unas elites que destruyeron un país otrora próspero pensando salir de rositas. Como dijo Gudrun Jonsdottir, una oficinista islandesa de 36 años: "Estoy hasta el moño de todos esto. No me fío del gobierno, no me fío de los bancos, no me fío de los partidos políticos y no me fío del FMI. Teníamos un país estupendo, y se lo han cargado".

Otro eco: en Reikiavik, los manifestantes no se conforman con un mero cambio de rostros en la cúspide (aunque la nueva primera ministra sea una lesbiana). Exigen ayudas al pueblo, no a los bancos; investigación penal de la debacle; y una profunda reforma electoral.

Parecidas exigencias pueden oírse en Letonia, cuya economía ha experimentado la contracción más drástica dentro de la Unión Europea y en donde el gobierno se halla al borde del precipicio. Durante semanas, la capital se ha visto sacudida por protestas, incluidos unos disturbios en toda regla el pasado 13 de enero. Como en Islandia, los letones están indignados por la negativa de sus dirigentes a aceptar la menor responsabilidad por la catástrofe. Preguntado por la Televisión Bloomberg por las causas de la crisis, el ministro de finanzas letón soltó displicentemente: "ninguna en especial".

Pero los disturbios letones sí son especiales: las mismas políticas que permitieron al "Tigre Báltico" crecer a una tasa del 12% en 2006, están ahora causando una violenta contracción que se estima del 10% para este año: el dinero, emancipado de toda barrera, viene tan prontamente como se va, tras rellenar, eso sí, algunos bolsillos políticos. No es casual que muchas de las catástrofes de hoy sean los "milagros" de ayer: Irlanda, Estonia, Islandia, Letonia.

Pero todavía hay algo más argentinesco en el aire. En 2001, los dirigentes argentinos respondieron a la crisis con un brutal paquete de austeridad dictado por el FMI: 9 mil millones de dólares de recorte del gasto público, señaladamente en sanidad y educación. Lo que se reveló un error fatal. Los sindicatos de los trabajadores realizaron una huelga general, los maestros sacaron sus clases a la calle, y por doquiera proseguían las protestas.

Esa misma negativa de los de abajo a ser inmolados en la crisis es lo que une hoy a muchos manifestantes de todo el mundo. En Letonia, buena parte de la cólera popular se ha centrado en las medidas gubernamentales de austeridad –despidos masivos, recorte de servicios sociales y brusca disminución de los salarios en el sector público— tomadas para hacer méritos ante el FMI, de quien se espera un préstamo de urgencia: no, definitivamente, nada ha cambiado. Las revueltas del pasado diciembre en Grecia fueron desencadenadas por el asesinato a tiros por la policía de un adolescente de 15 años. Pero lo que las mantiene vivas, con los agricultores recogiendo el testigo de los estudiantes, es la general cólera que desierta en el pueblo griego la respuesta del gobierno a la crisis: se ofrece a los bancos un rescate por valor de 36 mil millones de dólares, mientras se recortan las pensiones de los trabajadores y se da a los campesinos poco más que nada. A pesar de las molestias causadas por el bloqueo de carreteras de los tractores, el 78% de los griegos opina que las exigencias de los agricultores son razonables. Análogamente en Francia, en donde la reciente huelga general –desencadenada en parte por los planes del presidente Sarkozy de reducir espectacularmente el número de profesores— se atrajo el apoyo del 70% de la población.

Acaso el hilo más robusto que atraviesa a toda esa revuelta global sea el rechazo a la lógica de la "política extraordinaria", por emplear la expresión acuñada por el político polaco Leszek Balcerowicz para describir el modo en que los políticos acostumbran ahora a ignorar las disposiciones legislativas para avilantarse a "reformas" de todo punto impopulares. Un ardid que está dejando de funcionar, como acaba de descubrir ahora el gobierno de Corea del Sur. En diciembre pasado, el partido gobernante trató de servirse de la crisis en curso para lanzarse a un más que discutible acuerdo de libre comercio con los EEUU. Llevando a nuevos extremos la política de puertas cerradas, los legisladores se cerraron a cal y canto en la Cámara para poder votar en privado: defendieron la puerta con mesas, sillas y butacas. Los políticos de la oposición no se dejaron impresionar: con martillos percutores y sierras eléctricas, echaron la puerta abajo y entraron en el Parlamento organizando una sentada que habría de durar doce días. Se aplazó el voto, a fin de permitir un mayor debate. Una victoria para un nuevo tipo de "política extraordinaria".

Aquí, en Canadá, la política es notoriamente menos pronta a escenas chocarreras que terminan en YouTube, pero tampoco ha estado exenta de sorprendentes acontecimientos. El pasado octubre, el Partido Conservador ganó las elecciones nacionales con un programa sin ambición. Seis semanas después, nuestro primer ministro tory se sacaba de la chistera un proyecto presupuestario que privaba del derecho de huelga a los trabajadores del sector público, abolía la financiación pública de los partidos políticos y no contenía el menor atisbo de estímulo económico. Los partidos de oposición replicaron con la formación de una coalición histórica, que no consiguió hacerse con el poder sólo porque se suspendió abruptamente la sesión parlamentaria. Los tories han regresado ahora con un presupuesto revisado: las políticas extremistas de derecha han desaparecido, y hay un paquete de estímulos económicos.

La pauta es clara: los gobiernos que responden a la crisis creada por la ideología de libre mercado con una acrecida dosis de la desacreditada medicina, no sobrevivirán al intento. Como están gritando en la calle los estudiantes italianos: "No pagaremos por vuestra crisis".

Naomi Klein es autora de numerosos libros, incluido el más reciente The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism.

sábado, 31 de enero de 2009

BOLIVIA Y LA DEMOCRACIA

Bolivia y la democracia
Sáb, 31/01/2009 - 20:41

Promedio:
Select ratingMaloBuenoMuy BuenoExcelenteEl MejorMaloBuenoMuy BuenoExcelenteEl Mejor
Promedio (3 votes)

Por: Alberto Adrianzén

Es bastante probable que, luego de los exitosos referendos constituyentes en Ecuador (setiembre, 2008) y en Bolivia (el 20 de enero) y de la próxima consulta popular en Venezuela (15 de febrero) para modificar cinco artículos de la Carta Magna que permitiría la reelección sin límites de los mandatos del presidente y de todos los cargos que emanan de las urnas, entremos a una nueva fase en los países andinos y por qué no decirlo en la región. Lo que se jugará ya no será solo la permanencia de estos presidentes sino también la continuación de los procesos de cambio en cada uno de estos países.

La manera cómo determinados sectores de la sociedad boliviana y también de la opinión pública internacional vienen reaccionando frente al triunfo de Evo Morales, muestra que los tiempos que se vienen no serán nada fáciles. Y si bien esta reacción no es ninguna novedad –luego del referéndum constituyente dijeron lo mismo que hoy: el triunfo de Morales divide al país–, el problema es que eso no es tan cierto y que, además, ya no hay un escenario electoral, en el corto plazo, que canalice los antagonismos en ese país.

Nadie niega que Bolivia está dividida, sin embargo lo que hay que decir es que hoy existe, más allá de gustos y colores, una mayoría política bastante consistente como se ha podido constatar en los cuatro últimos procesos electorales. Evo Morales ganó las elecciones presidenciales, en diciembre de 2005, con 1.544.374 votos (el 53.74%), en las elecciones a la Asamblea Constituyente el MAS logró 1.322.656 votos (el 50.72%), en el referéndum revocatorio la aprobación presidencial fue de 2.103.872 votos (el 67,41%), y en este último referéndum constituyente, si bien no hay resultados finales, todo indica que el Sí sobrepasará el 60% de los votos.

Evo Morales es el presidente elegido con más votos desde que la democracia volvió a Bolivia a inicios de los años 80. Morales obtuvo casi cuatro veces más votos que los logrados por Víctor Paz Estenssoro en 1985, cinco veces más que los conseguidos por Jaime Paz Zamora en 1989, tres veces más que los de Sánchez de Lozada en 1993, casi cuatro veces más que los de Hugo Banzer en 1997, y casi dos veces y media más que los de Sánchez de Lozada en su segundo mandato en el 2002. Si se sumaran las cuatro primeras votaciones que representan a su vez los triunfos del MNR, MIR y ADN, partidos en torno a los cuales giró la llamada “democracia pactada” hasta antes del triunfo del MAS el 2005, esta suma es menor (las cuatro juntas ascienden a 1.975.700 votos) a la votación conseguida por Evo Morales en el referéndum revocatorio del año pasado. No hay, pues, desde el punto de vista electoral, un presidente más legítimo en la historia de ese país. A ello hay que sumarle que esta última votación ha sido la más concurrida en toda la historia y que, por primera vez, una Constitución (Bolivia ha tenido más de 15) se somete a referéndum.

Los medios y sectores políticos conservadores han querido presentar una Bolivia dividida entre el occidente coya y el oriente camba (la famosa media luna). Eso también es discutible. Si se toma como referencia este último referéndum, como bien dice Okin Al Nasal (“Qué fastidio con los medios y la Bolivia dividida”), la división principal no es en Bolivia en general sino en los departamentos orientales, donde algunas de sus provincias votan de manera distinta: “En los cinco departamentos que votaron por el Sí, solo encontramos dos provincias que se inclinaron por la otra opción (las que albergan las ciudades de Cochabamba y Sucre). En los cuatro departamentos que apoyaron el No, hay un total de diez provincias ‘díscolas’ que sí apoyan la nueva Constitución. En Tarija, por ejemplo, aunque en el departamento se impuso el No, en cuatro de sus seis provincias refrendaron el texto constitucional”. Finalmente, estas elecciones, como las anteriores, han sido avaladas tanto por observadores internacionales (OEA, UNASUR, UE, CAN) como por la Corte Nacional Electoral.

En estos días se ha dicho despectivamente y con mucho prejuicio, que en Bolivia hay una “dictadura de las mayorías”. Lo que existe es una “mayoría política”, como se viene demostrando en cada elección (incluida la consulta sobre el tamaño del latifundio en la cual el gobierno ganó con más del 78% de los votos), y una minoría política que no acepta ser tal y que desconoce la regla de oro de toda democracia: gana el que tiene más votos. El problema político no es la famosa reelección de Morales, como también se ha dicho, sino que esta minoría nacional (no discuto que sea mayoritaria en algunas regiones) no acepta que la nueva Constitución aprobada, guste o no, sea la base de un nuevo pacto político porque va en contra de sus intereses. Y eso es, simplemente, antidemocrático.

www.albertoadrianzen.org