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lunes, 10 de noviembre de 2008

VELASCO EN LA HISTORIA 40 AÑOS DESPUÉS / GUSTAVO ESPINOZA


Juan Velasco Alvarado solía decir que hay en la historia de los pueblos y de las instituciones, momentos que marcan al mismo tiempo el principio y el fin de etapas diferentes. Algunas veces se trata de episodios visibles, cuya significación es para todos, desde el primer instante, por su palpable y evidente magnitud. Otras veces -añadía- la gravitación de un hecho histórico, pasa en cierta manera desapercibida, aún para sus propios gestores.

40 años después del 3 de octubre de 1968, bien podemos decir que aquel acontecimiento, constituyó un hito imborrable en el proceso peruano. Hoy, en efecto, puede hablarse del Perú “antes de Velasco”, y “después de Velasco”, dejando constancia que, independientemente incluso de la valoración de los cambios que se produjeron en esa etapa, el gobierno militar del 3 de octubre se empeñó en una dura lucha por transformar la dura realidad peruana para hacer avanzar al país en el escenario de nuestro tiempo.

Juan Velasco fue un hombre del pueblo. Nació en Castilla, una pequeña aldea de Piura. Y tuvo una infancia humilde labrada por el esfuerzo de los suyos en condiciones adversas. Estudió en una Escuela Fiscal. Y ya adolescente, se presentó al Cuartel como voluntario para ingresar en las filas de la Fuerza Armada. Fue esa su manera de encontrar un camino para su propia vida pero también, sin duda, un modo de afirmar su capacidad de decisión en un país que requiere instituciones que debe valorar.

Hizo una carrera militar ordinaria, y destacó como buen soldado y buen oficial. Nunca nadie lo señaló por malos tratos inferidos a sus subordinados, ni por abusos en el manejo de la función castrense. Incluso cuando la institución armada debió tener presencia activa en la lucha contra la guerrilla del 65, nunca nadie lo acusó personalmente de arbitrariedad alguna. No era un santo, sin duda, sino un oficial responsable con conciencia de patria, que amó el uniforme y que se dispuso a honrarlo, como correspondía -y corresponde- a quien se precia de lucirlo. Vivió, y moriría pobre.

A comienzo de los años 60, cuando Velasco era ya un oficial de alto grado, el Perú vivía una etapa difícil y compleja. Una oligarquía envilecida mantenía al Perú bajo el oprobio. Y a su sombra, campeaba el entreguismo, la sumisión, el parasitismo y la corrupción. Los gobernantes de entonces -como los de ahora- hacían uso de todos los métodos imaginables para multiplicar sus fortunas enriqueciéndose vilmente en detrimento de la humillante miseria de los peruanos. En el centro de ese desgobierno estaba, sin duda, al servilismo ante el Poder extranjero que en el caso concreto se expresaba en el casi religioso “respeto” a la Internacional Petroleum Company, la “Mamita Yunai” de nuestra republiqueta. Velasco fue suficientemente perspicaz para entender que por ahí marchaba el escenario peruano. Que la contradicción entre el Perú y la IPC era la piedra de toque y el eslabón fundamental de la cadena de la dominación imperialista en nuestro país. Que ese era el dogal que había que romper. Y la única forma de hacerlo, era a través de la Toma del Poder.

No fue entonces el 3 de octubre el resultado de un “Golpe de Estado” sino una insurgencia militar victoriosa marcada por un programa patriótico y confirmada en los hechos apenas unas horas más tarde, cuando la voz tronante del uniformado, anunciaba al país “En este preciso momento, las fuerzas de la Primera Región Militar, haciéndose eco del clamor de la Nación, están ingresando al Campo de Talara para tomar posesión de todo el complejo industrial que incluye la refinería; y con la más alta emoción patriótica hacen flameare el emblema nacional, como expresión de nuestra indiscutida soberanía” .

Velasco Alvarado no fue comunista. Ni siquiera, propiamente, socialista. Fue un patriota. Un militar nacionalista que sintió orgullo de su país y vergüenza por el estado en que se hallaba. Y que decidió actuar seguro de que podría contar con el respaldo masivo de peruanos conscientes. Y así fue.

Hubo, naturalmente, quienes ofrecieron resistencia a los cambios. La dirección del APRA, liderada por Haya de la Torre, buscó diversas modalidades para quebrar el proceso y en buena medida logró infiltrarlo y debilitarlo. La oligarquía hizo uso de todos sus recursos para destruir el país antes de permitir que avanzara. Los líderes empresariales de entonces encabezaron la fuga de capitales y el traslado de las empresas peruanas a Ecuador y otros países donde decían gozar de “las facilidades” con las que aquí no contaban. La administración norteamericana -desde la embajada yanqui hasta la Misión Militar USA y la CIA- operó en todos los niveles de la conspiración para derribar al gobierno, hasta que finalmente logró hacerlo gracias al “felón”, como llamara Jorge Basadre a Morales Bermúdez.

Velasco no tenía claro el porvenir del país. Sabía, sí, que había puesto en marcha un proceso que caminaría más allá de sus propios límites. Confiaba, en todo caso, en el instinto transformador de las mayorías y en el derrotero de la historia. Su fe, sin embargo, no resultó suficiente. No podría decirse que él, no estuvo a la altura de su reto. No se podría exigir a un hombre que luchó en las condiciones adversas como él lo hizo, que actuara mejor, o que hiciera otra cosa. Fue el escenario adverso, la presión exterior, la crisis impuesta y la falta de organización y conciencia popular, lo que impidió consolidar el proceso, y hacerlo avanzar después.

Los comunistas en ese escenario, cumplimos con nuestro deber, pero nuestro trabajo fue insuficiente y defectuoso. Tuvimos el mérito de situarnos en la trinchera en la que nos correspondía. Y no hicimos concesión alguna al imperialismo, a la oligarquía o al APRA. Pero no logramos ganar a todo el pueblo, como resultaba indispensable, para que se sumara a la lucha. Por lo que hicimos, hay quines nos odian hasta hoy. 40 años más tarde aparecemos en la lista ridícula de “los rojos que se acomodaron con Velasco”. No dice el autor de esa lista en qué consistió el “acomodo”. No podría decirlo. No tuvimos ningún cargo en el gobierno, ninguna función remunerada, ningún privilegio. Estuvimos en la lucha con la voluntad y la coherencia que siempre nos reconoció el pueblo y no doblegamos jamás nuestra bandera.

40 años después, podemos decir lo que dijimos desde los balcones de la Plaza 2 de Mayo en abril de 1970: “Nuestra tarea, la tarea de la clase obrera, es movilizar a millones de hombres y mujeres de nuestro país alrededor de la revolución, para hacer avanzar la revolución. Por que si el pueblo no confía en la revolución, si el pueblo le niega apoyo a la Revolución, si el pueblo no está dispuesto a defender la Revolución, entonces ella será derrotada. Y nuestra patria se sumirá, por años de años, por décadas tal vez, bajo el dominio de la más negra y despiadada reacción”. Hoy, la vida confirma aquello.

viernes, 7 de noviembre de 2008

ACTUALIDAD DEL VELASQUISMO/ ALBERTO ADRIANZEN

Actualidad del velasquismo (18/10/2008 Diario La República)
Por Alberto Adrianzén M. (*)

Hace dos semanas se cumplieron 40 años del golpe de Estado del general Juan Velasco Alvarado y del llamado proceso revolucionario de las FFAA. Sin embargo, creo que el debate en torno a un evento tan importante no se reduce, ni se puede reducir, a la condena o aprobación de este hecho político. Y si bien el pensamiento que podemos llamar progresista ha hecho intentos serios por darle un nuevo sentido al velasquismo en estos días –no en vano han pasado 40 años–, la derecha sigue anclada en un discurso que prioriza la condena a la explicación, que niega la complejidad e importancia de dicho proceso; en particular, su carácter transformador y, diríamos, fundacional. Porque eso fue, finalmente, el velasquismo, un intento de refundar el país como hoy sucede en otros países de la región andina.

El velasquismo puede, por ello, ser definido como un "reformismo estatal" de naturaleza antioligárquica, que buscó fundar un "nuevo orden". En ese sentido, no nace de un "pacto social" sino, por el contrario, de un acto de fuerza autoritario; esto es, de la ruptura de un régimen oligárquico en crisis para, a partir de ello, proponerle a la sociedad un pacto que puede ser definido como fundacional. Dicha propuesta suponía la constitución de un nuevo consenso básico que incorporaba a los nuevos contingentes sociales y así construir un nuevo pueblo. Fue su naturaleza autoritaria lo que llevó al velasquismo, finalmente, al fracaso.

También puede ser calificado como una "revolución política", entendida esta como la separación radical entre el poder político y la propiedad, más específicamente la propiedad de la tierra. Ello conduce, siguiendo a Marx, a poner fin a la exclusión del individuo del conjunto del Estado. En una estructura en la que el poder y propiedad (de la tierra) están ligados estrechamente y en el que aquel emana de esta, el poder del Estado es "incumbencia especial de un señor disociado del pueblo y de sus servidores" (Marx, 1967). La revolución política, en ese sentido, eleva "los asuntos del Estado a asuntos del pueblo", es decir, constituye al Estado "como incumbencia general", de todos, destruyendo privilegios que separan al pueblo de la comunidad. En este contexto el triunfo de Belaunde en 1980 para estos nuevos sectores, que fueron en gran medida los que lo llevaron a la presidencia, debió ser expresión de un régimen democratizador y no restaurador, como lo fue en la práctica, sobre todo en el plano de la economía. La "revolución política" que inició el velasquismo continuó entonces siendo una promesa.


Así, en la década de 1980, bajo el régimen democrático, dos temas emergieron con mucha fuerza: por un lado, el de la inclusión política, más concretamente, la participación de este nuevo "pueblo", en los asuntos públicos lo que suponía una renovada interacción entre partidos y ciudadanía; y por otro, la necesidad de un nuevo Estado que los representara y asumiera. El fracaso de los partidos en incluir políticamente a estos nuevos sectores por razones distintas (la violencia política, la crisis económica, la crisis de la izquierda y del APRA, etc.), pero también el fracaso en construir un nuevo Estado inclusivo y representativo, tuvo como colofón la crisis del régimen político (democrático) creado en los 80 y la instauración posterior de un régimen autoritario que prometerá a estos sectores excluidos, incluirlos e, igualmente, representarlos sobre la base de un nuevo pacto (autoritario) y de un nuevo Estado. No es extraño que desde los años 80 tengamos a un "pueblo peruano" que, como los judíos, camina errante por el desierto (de la política) buscando un líder que cumpla esta promesa: Belaunde, Barrantes, García, Fujimori, Toledo, etc.

De ahí que podamos afirmar que uno de los grandes problemas en el país es cómo crear simultáneamente un nuevo concepto (y sujeto) de pueblo (mayoría política representada) y un nuevo Estado, para que el primero dote de una nueva legitimidad a ese nuevo poder político (Estado) que dice representarlo. Dicho en otros términos, cómo (re)procesamos un acto refundacional que sea al mismo tiempo un momento de inclusión social y política (nuevas mayorías) y de creación de un nuevo Estado democrático (institucionalidad).

De ahí, también, que el ciclo político que inauguró el velasquismo en nuestro país no haya terminado porque los problemas y tareas políticas que nos dejó ese proceso siguen siendo un tema pendiente en el país. Por eso negarle validez histórica al velasquismo, como sucede con frecuencia, es entender poco lo que nos ha ocurrido y lo que nos pasa hoy. Y el mejor ejemplo de lo mal que andamos es el lamentable espectáculo de estos días donde se mezclan, como en el decenio de los 90, corrupción, aparatos de "inteligencia", "chuponeos" telefónicos, etc. Ello es una demostración que seguimos atados al pasado, porque las tareas de entonces también siguen pendientes.


(*) www.albertoadrianzen.org

lunes, 20 de octubre de 2008

CUARENTA AÑOS DESPUÉS: SOBRE EL VELASQUISMO

Cuarenta años después

El 3 de octubre de 1968 se produjo un golpe militar que cambió la historia del país, pero no de la manera que sus autores previeron.

Autor: Luis Pásara

Probablemente, aún carecemos de la distancia necesaria para evaluar ecuánimemente la etapa que se abrió cuatro décadas atrás. Siendo el Perú un país de memoria frágil y precaria, acerca de Velasco –líder de ese insólito paso dado por las fuerzas armadas– y su gobierno parece prevalecer hoy la imagen construida por quienes, de una manera u otra, fueron afectados por las reformas introducidas y tienen ahora poder suficiente en los medios de comunicación. Los jóvenes, desinformados por los medios y por un sistema educativo que no cumple su papel, apenas saben qué ocurrió.

No es que sea difícil entenderlo. Desde fines de los años veinte del siglo pasado, en el Perú existía una presión para acabar con un viejo orden social, manejado por lo que se llamaba “las cuarenta familias”. Carlos Malpica las inventarió en un libro exitoso: Los dueños del Perú. Poco después de proclamada la independencia, propietarios de haciendas y minas fundaron un 'orden’ que sucedió al de la corona española, controlado por los menos e impuesto a los más.

El Apra intentó cambiarlo pero el viejo orden terminó cambiando al Apra. Otros esfuerzos reformistas –como Acción Popular y la Democracia Cristiana– fueron quedando en el camino. Las guerrillas surgieron en los años sesenta como una alternativa desesperada que contó con inspiración y patrocinio cubanos. Al combatirlas y derrotarlas, algunos militares creyeron captar un mensaje: el Perú tenía que cambiar para evitar la violencia.

Ese fue el proyecto del general Juan Velasco Alvarado y su mérito consiste en haber tenido el coraje de intentarlo. En un país donde los reformismos de los partidos políticos e incluso los radicalismos violentos se han apagado atraídos por el disfrute de una migaja del poder, Velasco persistió en su empeño.

Se equivocó, sin embargo, en muchos aspectos. Se creyó que bastaba con la audacia de un grupo de militares para cambiar el país en contra de cualquier opinión. Se ignoró que el control estatal de la economía nacional era insuficiente frente a determinaciones de un funcionamiento económico mundial, que se encaminaba ya a lo que conocemos hoy como globalización. Se consideró que los cambios más audaces –como la propiedad social, por ejemplo– podían ser implantados poniendo al país en una suerte de aislamiento respecto al resto del mundo.

Un problema clave residía en el propio núcleo de la 'revolución militar’. Lo que la impulsaba –el liderazgo de una fuerza armada que imponía los cambios a la sociedad– era al mismo tiempo su debilidad: el carácter autoritario, antidemocrático de todo el proceso. Fue lo que los analistas estadounidenses llamaron “la revolución desde arriba”. La ciudadanía fue convocada como espectadora o como beneficiaria, no como participante.

Entre los propios beneficiarios surgieron opositores. La nueva izquierda combatió el proceso de reformas como lo hacía la derecha afectada por ellas. Quienes se suponía 'aliados’ en la búsqueda del cambio –y no habían sido escuchados por la conducción militar– formularon exigencias y condiciones que no estaban previstas. La nueva izquierda creció y se multiplicó en un clima de oposición al gobierno militar.

Velasco terminó como los murciélagos en esa fábula que cuenta la guerra sempiterna entre ratones y aves. Creyendo que podía ser visto como pariente cercano tanto por unos como por otros, concluyó siendo enfrentado por ambos. Derechas e izquierdas declinaron la forzada conciliación de intereses que les proponía el liderazgo militar y coincidieron en acabar con ese proceso de cambios. Ciertamente, la derecha fue quien ganó con el golpe de timón dado por Morales Bermúdez al reemplazar a Velasco en 1975 y enrumbar hacia el 'retorno del poder a los civiles’.

Esos siete años cambiaron al país. El Perú no se convirtió en el país integrado con el que soñaron los militares golpistas de 1968, ni la riqueza se repartió más equitativamente como pretendían algunas de las reformas. Pero la vieja oligarquía fue liquidada, al expropiársele su base de poder económico, y el ciudadano de a pie adquirió una conciencia de derechos que no tenía. “Con Velasco, los cholos se envalentonaron”, decía ilustrativamente una tía. La jerarquía social basada en el color de la piel resultó irremediablemente resquebrajada.

No creo que el Perú post-Velasco sea mejor. Es distinto. El velasquismo fracasó en todas sus grandes reformas, algunas de las cuales se desplomaron antes de que tuvieran que ser desmontadas. El enorme Estado empresario fue atrapado por la ineficacia burocrática. La reforma agraria desmenuzó el latifundio y desembocó en una redistribución de la tierra, no a favor del campesino como pretendía sino de un nuevo sector social que hoy es exportador. La propiedad social quedó olvidada como se olvida un sueño.

La revolución de Velasco –probablemente como otras revoluciones– tenía más claro aquello que buscaba destruir que el diseño social sustitutorio que debía construir. En 1973, el precio del petróleo se cuadruplicó entre octubre y diciembre. La revolución velasquista se quedó sin oxígeno. Peor aún, su liderazgo no entendió la magnitud del cambio económico internacional que estaba en curso. Creyó que el problema podía ser controlado dentro de las fronteras.

Entretanto, los militares se habían dividido internamente a raíz de las reformas impuestas. La Marina era un foco de conspiración contra el gobierno. Morales Bermúdez negoció entonces una salida con los actores políticos y económicos de siempre. Velasco fue derrocado en agosto de 1975 y volvió a su casa. Murió en diciembre de 1977 y fue enterrado con una manifestación gigantesca.

La experiencia demostró que el país no podía ser transformado por la vía autoritaria. El fracaso también probó que el paquete de reformas –nacionalizadoras, estatizantes y redistribuidoras– que habían sido plataforma contestataria desde el surgimiento del aprismo y el comunismo estaba fuera de época. El capitalismo, cuyos resultados sociales se buscaba evitar, había pasado a una etapa distinta, en la que tenía más recursos y era menos controlable.

Siguió un periodo de violencia, tal como habían imaginado los militares golpistas. Que costó miles de muertos y del cual el país no sacó nada; ni siquiera una interpretación mayoritariamente aceptada acerca de por qué ocurrió. Luego el Perú se ha instalado en lo que es hoy, sin que se sepa si existe la posibilidad de volver a soñar en que algún día pueda ser distinto y mejor, como pretendió audazmente ese golpe militar hace 40 años.

Contrafácticos velasquistas
Autor: Martín Tanaka

El 3 de octubre se recordaron 40 años del golpe militar encabezado por Juan Velasco. Es indudable que las reformas que implementó cambiaron radicalmente la faz del país, para bien y para mal.

Parece claro que quienes se ubican en la derecha del espectro político consideran al gobierno de Velasco una maldición, y quienes se ubican a la izquierda lo califican como el mejor presidente del siglo XX. Más en el centro, los balances critican el carácter dictatorial y el voluntarismo, que llevó a la inviabilidad y al fracaso económico y político del proyecto; pero, al mismo tiempo, se rescata el carácter democrático en lo social de las reformas, la liquidación de la oligarquía y el gamonalismo, y un cambio en las mentalidades que hizo retroceder sustancialmente prácticas racistas y discriminatorias.

El debate continúa apelando a razonamientos contrafácticos, que se preguntan qué habría sido del Perú sin las reformas de Velasco, sin la reforma agraria en particular. Así, de un lado, se afirma que, sin ella, se habría mantenido el gamonalismo en el campo, lo que habría creado condiciones para que la propuesta de Sendero Luminoso fuera atractiva para el campesinado. De otro lado, algunos señalan que, sin reforma agraria, el Perú podría haber consolidado una agricultura moderna de exportación que, a la larga, habría debilitado al gamonalismo, lo que habría, por el contrario, limitado las posibilidades de Sendero.

Antes, en esta columna, he señalado que los razonamientos contrafácticos son herramientas útiles para afinar y mejorar hipótesis, pero se debe ser muy cuidadoso para no caer en meras especulaciones. Una buena herramienta para pensar estos escenarios alternativos es utilizar una perspectiva comparada. Así, de un lado tenemos a Colombia, país donde el sistema de partidos mantuvo continuidad, no hubo golpes militares, pero la ausencia de reformas dio lugar a la aparición de movimientos guerrilleros, a los que grupos terratenientes respondieron creando grupos paramilitares, generándose una espiral de violencia más sangrienta que la peruana.

Pero hay otro escenario posible, que nos lleva a mirar a Chile. Si no hubiera habido golpe, probablemente Haya de la Torre habría sido electo presidente en 1969; ¿Haya en el poder no hubiera sido reformista como el demócrata cristiano Eduardo Frei en Chile? De no haberlo sido, ¿no habría podido desarrollarse mejor una opción de izquierda, que hubiera impulsado cambios dentro de la institucionalidad democrática? ¿No hubiéramos avanzado en consolidar un sistema de partidos representativo? ¿No hubiéramos llegado así mejor a 1980?

No podemos saber la respuesta a estas preguntas. Porque, en la política, la voluntad, los errores y las omisiones de los actores son siempre capaces de “cambiar la historia”.